¿Por qué es importante tener momentos de ocio?

¿Por qué es importante tener momentos de ocio?

José C. Sánchez

José C. Sánchez

Creatividad

¡Atención, lector! Sea usted advertido, primero que nada, que si usted piensa que lo único que dignifica a la vida es el trabajo arduo, si usted sostiene la creencia de que en todo momento hay que esforzarse y generar riqueza, o si está convencido de que la pereza es la madre de todos los vicios, este texto será una franca confrontación a sus ideales. Pero, apelando a su generosidad, le ruego que me brinde una oportunidad para decirle algunas razones, muy simples pero no por ello poco importantes, por las cuales el ocio es grandioso, necesario, e incluso productivo —aunque quizá en un sentido no tan evidentemente pragmático. La primera, y quizá la más elemental, es que el ocio —espero no lo niegue— nos ha brindado a todos, en una u otra ocasión, increíbles momentos de felicidad.

Algunas de las ideas de este texto han sido tomadas de Bertrand Russell, por supuesto de su texto Elogio al ocio. Y aunque en algunos pasajes Russell parecía tener más ganas de atacar al partido comunista que de engrandecer la felicidad proporcionada por el ocio, su argumentación presenta ciertas premisas de lo más sugerentes en su texto, así que recomiendo ampliamente que cuando termine de leer estas líneas, abra otra pestaña en su navegador y consulte directamente el Elogio russelliano, un escrito más bien corto, que si bien fue pensado en y para otra época, tal vez pueda disuadirlo, con ese rigor lógico del gran filósofo inglés, de cambiar sus opiniones —y si no, al menos podrá entretenerse un rato.

En alguna ocasión escuché, no recuerdo bien dónde, que la pereza nos ha salvado tantas veces de cometer otros “pecados” que deberíamos estarle agradecidos. A pesar de las connotaciones y paradojas religiosas de esa idea, me parece que su sentido último no deja de ser verdadero. Aunque es también cierto que la pereza nos mete en complicaciones severas, como cuando en nuestros días de estudiantes dejábamos todo para las últimas y estudiábamos a la carrera un día antes del examen, o cuando ahora que somos trabajadores pudiendo terminar todo a tiempo, a veces perdemos horas en quién sabe qué. Y no me malentienda, no quiero juzgar al estudiante que fuimos ni al trabajador que somos, en realidad creo que lo que hacemos es enteramente natural. De hecho, me parece que la condición del ser humano es, inevitablemente, ser un buscador del ocio ¿Por qué? Pues por el mero hecho de querer ser feliz. Así, si el ocio nos hace felices, y la búsqueda de la felicidad es una aspiración noble, buscar, e incluso tener, momentos de ocio es una actividad y una aspiración, noble.

Puedo decirle entonces, estimado y paciente lector, que estoy convencido de que el ocio es parte del bienestar. Y podría usted enseguida preguntar: ¿en qué me sustento para decir tal locura? Pues bien, creo que estaremos de acuerdo en que un ser humano es feliz en la infancia, jugando con los amigos, o jugando solo con su imaginación, dejándose guiar por la fantasía en una actividad irrestricta que no se ajusta a jornadas laborales, ni se preocupa por ellas. En etapas posteriores de la vida, los jóvenes —y los no tan jóvenes también— son felices en los bailes, en los raves y en las tocadas. También lo son en las fiestas tradicionales, todavía celebradas en pueblos remotos o en pequeñas callecitas citadinas, desde la pachanga que toma figuras religiosas como pretexto para darle vuelo a la hilacha, hasta el relajo propiciado por un evento deportivo, por una fiesta privada, o por una inocente reunión a la que asistimos por el mero gusto de asistir. Somos felices entregándonos a nuestros pasatiempos, o a la íntima actividad de consagrar tardes enteras a Netflix. Somos felices en todo aquello que atenta contra la rigidez del trabajo, y en todo aquello que incorpora el ocio a nuestro día a día. Y probablemente el buen Bertrand tenga un poco de razón cuando sugiere que nos han vendido una fantasía más bien chafa en la que estamos condenados a habitar este mundo y ganarnos un mejor futuro a partir de trabajo, dinero y esfuerzo.

Por si todo lo anterior fuera poco, tenemos múltiples ejemplos literarios de personajes que se dedican a dar largos paseos por las calles, alimentando así su imaginación. Sin duda uno de los más representativos es “el paseante” —flâneur en la lengua de Molière— descrito por Baudelaire enEl pintor de la vida moderna. Estos paseantes, estos personajes que gozan con los paseos, que exaltan su alma creativa a través de las caminatas, que están siempre fuera de casa y al mismo tiempo dentro de ella, pues la ciudad es suya para contemplar, todavía existen en nuestro mundo contemporáneo. Me atrevería a decir, incluso, que todavía existen en México. Y es indudable que esta ociosa actividad de recorrer las calles y contemplar la ciudad puede ser fuente de gran felicidad, de placer estético, y hasta de inspiración para nuestro artista interno.

Así, querido lector, nos acercamos a nuestra conclusión de que el ocio es vital en estos tiempos. Pero también es cierto que debe ser bien empleado y bien administrado,pues en este mundo moderno es muy fácil perderse en la sinrazón de la virtualidad y dedicar horas a las redes sociales cuando podríamos estar hablando vis a vis con personas reales —aunque comprendo también que a veces, excusados por la distancia y justificándonos en la imposibilidad del contacto inmediato, dedicamos enormes cantidades de tiempo nomás a mensajearnos con los cuates. Emplear bien los momentos de ocio, usualmente se lee como aprender a administrar el tiempo libre y, en este sentido, es siempre oportuno preguntarnos el sentido de una expresión tal como tiempo libre,¿libre de qué? Probablemente, de la presión del trabajo, del tráfico, de las preocupaciones y del estrés cotidianos. Quizás el tiempo libre es más bien un tiempo para ser libres, para ser nosotros, y recordar que no somos socios, ni engranes, ni miembros de una cadena empresarial que se desangra para hacer realidad los sueños de otros.

Russell sostenía que el ser humano debería trabajar cuatro horas bien pagadas. No más. Con tiempo libre, los espíritus más sagaces tendrían la oportunidad de crear cosas extraordinarias para el mundo, los escritores y los artistas no tendrían que morir de hambre, podrían dedicarse a su pasión, y nosotros podríamos disfrutar los frutos de su actividad creativa. Yo creo que algo de razón debía tener. Pero bueno, tal vez son ideas anticuadas que ya nadie tiene interés en seguir —aunque está comprobado que jornadas laborales más largas no se traducen necesariamente en mayor productividad. En todo caso, si de casualidad usted quiere entender el ocio en un contexto más nacional, no puedo dejar de recomendarle la Fenomenología del relajo de Jorge Portilla, o algunos capítulos de La Jaula de la melancolía de Roger Bartra. Espero que si no cambió de opinión, al menos dedique, la próxima vez, un poco de su tiempo libre a pensar sobre el tiempo libre y por qué es o no necesario. Agradezco mucho su atención y recuerde que, de una u otra forma, el ocio nos hará felices —pero, como dicen en la tele, todo con medida, nada con exceso.

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