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Traiciones de la memoria

Traiciones de la memoria
Miguel Ángel Hernández Acosta

Miguel Ángel Hernández Acosta

Relatos de la vida real

De niño padecí cisticercosis. Y no cualquier tipo de cisticercosis, sino calcificaciones de cisticercosis en el cerebro. Mis padres recuerdan el hecho porque gastaron mucho dinero, y mi hermana, porque tuvo que ir a la escuela a recoger mis papeles de fin de cursos. Yo sólo conservo la vaga imagen de tres amigos visitándome en el hospital para traerme de contrabando una revista de El mil chistes que atesoré durante toda mi juventud.

Vuelvo a aquel momento porque siempre he creído que entonces me convertí en éste que soy hoy. Antes era un niño brillante, que acudía a concursos estatales de conocimiento, que tenía una boleta repleta de dieces y prometía convertirse en un profesionista de alto rendimiento. Sin embargo, al salir del hospital comencé a notar que me costaba trabajo aprender y memorizar, que había recuerdos de mi infancia que mis papás conservaban y que a mí se me habían borrado, y que la única manera de retenerlos era nombrándolos y contándolos una y otra vez.

Mis padres son muy sensibles a mis cuestionamientos, por eso nunca les he preguntado si el doctor les advirtió que esto pasaría. No sé si aquellas inyecciones que ardían como el fuego al pasar por mis venas mataron millones de neuronas o recuerdos. Tampoco quiero saber si todo se debe a que crecí y, como la mayoría, en la adolescencia dejé de ser esa esperanza que los padres ven en sus hijos pequeños.

El científico y escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg decía que la memoria es como un cuchillo sin hoja al que le falta el mango, algo tan irreal que creemos poder tocarlo o conocerlo, pero que sólo existe en nuestra mente. Para mí, ese aforismo tiene una relevancia tal que me da miedo. Por ejemplo, alguna vez platicaba con una prima y recordábamos un té de canela con leche Nido que nos preparaba la abuela cuando pasábamos el fin de semana en su casa. “No sé cómo hacía mi abue para que supiera a licuado de fresa”, le dije con la seguridad de quien cree tener la razón. Ella me miró extrañada y de tajo hizo trizas mi recuerdo guardado por más de veinticinco años: aquel té en efecto era color rosa, pero sabía tan mal que siempre fingíamos tomarlo; cuando la abuela salía de la cocina, lo tirábamos en las macetas.

Mi prima —para quien lo dude— tiene una memoria privilegiada. Se sabe las capitales de casi todos los países y siempre era la ganadora en aquel juego de mesa que pone a prueba los conocimientos. Además, es capaz de enumerar los nombres de sus más de trescientos primos paternos y, aún hoy, recuerda los números telefónicos de todos sus familiares, de sus pacientes —es dentista—, así como de los cinco laboratorios dentales con los que trabaja. Por lo tanto, es más fácil eliminar ese falso recuerdo que desconfiar de la memoria de mi prima. ¿Cuántos de mis amados recuerdos serán falsos?

En algún momento creí que historiar mi vida sería lo más conveniente para poder hacerme una idea de lo que en realidad había pasado. Como todavía no leía al historiador Hayden White, comencé a recopilar los documentos que hablaban sobre mi pasado: actas de nacimiento, de bautizo; certificados de estudios…, es decir, todos los papeles en los cuales podía confiar. Pero descubrí que mamá había alterado mi acta de nacimiento para poderme inscribir un año antes a la primaria, y que en mi certificado de estudios mi nombre aparecía un poco diferente. Los documentos, como diría White, no dan la certeza de que lo que en ellos se cuenta sea verdad.

Entonces —obstinado como siempre he sido— recurrí al testimonio que podía darme la gente que me rodea. Para mi hermana, siempre había sido el consentido; sin embargo, en un viejo diario de mi infancia, leí que apunto estuve de demandar a mis padres ante el DIF por sentirme excluido. Mamá me recordaba como un niño inquieto, pero papá dijo que, cuando lo acompañaba a visitar a sus amigos, siempre permanecía callado e inmóvil. ¿Cuál de esas variantes era la verdadera? Como sugería White, en cada uno de esos testimonios se privilegiaban ciertos datos sobre otros; de acuerdo a sus subjetividades, sacaban conclusiones sobre mi persona que me resultaban imposibles de comprender.

Durante esa época, viví una gran depresión por no tener la certeza de qué había vivido realmente y qué era parte de mi fantasía. Los baños con manguera que mi abuela nos daba en los días de sol habían ocurrido, pero esas sábanas blancas colgando de los tendederos nunca habían estado presentes. Sí había salido con la niña más linda de la secundaria, pero lo que yo percibí con la mayor alegría, para ella fue una larga semana de pláticas aburridas. ¿Qué fin tenía seguirme deprimiendo al constatar que la vida no era tan bella como en mi memoria? ¿Para qué continuar atormentándome?

Hay una película de Woody Allen, Medianoche en París, en la que el protagonista está obsesionado con el pasado. Por ello viaja al París de principios del siglo XX y conoce a toda la intelectualidad que entonces caminaba por las calles de la capital francesa. Es más, se enamora de una mujer elegante y hermosa, quien a su vez está obsesionada con la Francia del siglo XIX. La historia acaba mal porque ella lo abandona para irse a su París soñado, pero él termina por comprender —en pleno siglo XXI— que el presente también tiene sus bondades y que es bueno acudir al pasado, pero no intentar aprehenderlo. ¿No constituye esto la perfecta descripción de lo que debe ser nuestra memoria: algo hermoso a lo que nunca hemos de aferrarnos ni intentar convertir en la realidad?

Me gusta volver al pasado, pensar que incluso teniendo una pésima memoria soy capaz de recordar —la idea de un vacío mental me aterra tanto como las enfermedades psiquiátricas. A veces papá me pregunta si recuerdo algún hecho en particular y ya no me importa decirle que no; en otras ocasiones procuro que al rememorar, eso que cuento suene mejor de lo que fue. He dicho, por ejemplo, que era el mayor triunfador en las competencias para averiguar quién podía tomar más refrescos en un minuto, pero he “olvidado” a propósito las medicinas y la dieta que debía llevar a la semana siguiente con tal de recuperarme de esos excesos.

Tal como hace el protagonista de la película El gran pez, procuro que el pasado, mi memoria, se adapte más a lo que quiero transmitir y no a lo que realmente sucedió. Preocuparme por todos los fallos de mis recuerdos sería inútil, pues el sólo enumerarlos daría para llenar una guía telefónica. Por eso me remito a imitar al escritor colombiano Gabriel García Márquez y dejo de atormentarme porque al fin: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”.

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