La música: una herramienta para reparar y cuidar tu salud mental

La música: una herramienta para reparar y cuidar tu salud mental
Karina Licea

Karina Licea

Todos hemos tenido días difíciles: esos que parecen no tener fin, en los que el peso del mundo cae sobre nuestros hombros. En tal situación, muchos recurrimos a la música: nos colocamos los audífonos y reproducimos una canción de nuestro artista favorito, la cual conocemos de memoria; tras los primeros acordes, una energía distinta recorre el cuerpo, el ritmo nos impulsa, la melodía nos abraza y la letra parece hablar de nuestra vida. En dos minutos, el ánimo se transforma, el temperamento se suaviza y el día se ha resignificado con un nuevo enfoque…

Esta experiencia, por la que muchos hemos pasado, es una prueba de la influencia que la música tiene en el bienestar emocional. Su conexión con la salud mental no es una mera percepción, sino un campo de estudio con creciente evidencia científica: por ejemplo, en un estudio publicado en Nature Neuroscience, Valorie Salimpoor y Robert Zatorre (2011) demostraron que al escuchar música nuestro cerebro libera dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y a la recompensa, así como serotonina, que regula el estado de ánimo; por su parte, el neurocientífico Stefan Koelsch (2010) confirmó que la música activa estructuras del sistema límbico, el cual se encarga de la memoria a largo plazo, y se relaciona con el centro de las emociones. Además, escuchar música fomenta la neuroplasticidad: la habilidad de nuestro cerebro para crear nuevas conexiones neuronales.

Al escuchar música nuestro cerebro libera dopamina

Por otro lado, en años recientes la musicoterapia se ha consolidado como una disciplina formal que establece una relación entre la escucha intencional y el funcionamiento de nuestro cerebro, convirtiendo a la música en una herramienta terapéutica diseñada para catalizar el ánimo de un paciente. En la primera infancia, la musicoterapia ayuda al desarrollo neurológico y emocional: mediante técnicas basadas en el ritmo, se estimulan patrones neuronales que fomentan el desarrollo del lenguaje y las habilidades cognitivas tempranas de forma similar a las canciones de cuna —que, más que simples melodías para dormir, son vehículos de regulación emocional que fortalecen el vínculo afectivo entre padres e hijos—. En el mismo tenor, se emplean instrumentos de percusión como maracas o tambores para fortalecer la coordinación motriz en un entorno lúdico y como puente para la interacción social.

En la vida adulta, la música ayuda de diversas formas a transitar las complejidades y los desafíos que esta etapa plantea: una técnica reciente y muy poderosa es la Imaginería Guiada y Música (GIM), en la que un profesional de la salud mental invita al paciente a explorar su mundo interior por medio de las imágenes y emociones que la música le evoca; por su parte, el análisis de la letra de las canciones permite identificar sentimientos para después ponerlos en palabras, pues no es fortuito que las canciones que más escuchamos nos parezcan algo personal; por último, la composición musical puede emplearse como herramienta para externar conflictos de manera contenida y creativa.

En la vejez, la música mejora la calidad de vida y combate el deterioro cognitivo. Por eso, algunas terapias destinadas a pacientes que sufren demencia o Alzheimer incluyen la reproducción de playlists con canciones de su juventud, con el fin de desbloquear recuerdos y fomentar momentos de lucidez. Otra opción son las clases de canto, que ejercitan la función pulmonar al tiempo que combaten el aislamiento social y la depresión. Por último, el baile y los ejercicios rítmicos ayudan a mantener la coordinación y el equilibrio en el adulto mayor.

En la vejez, la música mejora la calidad de vida y combate el deterioro cognitivo

La música también ofrece un camino hacia la autorregulación emocional: ante un cuadro depresivo, puede funcionar como un activador conductual y ser un estímulo que impulsa al paciente a realizar actividades básicas como levantarse, comer, ejercitarse o socializar; de igual modo, si es energética, puede combatir la tristeza al estimular el sistema cerebral de recompensa; por último, las piezas melancólicas pueden tener un efecto catártico y lograr que la persona se sienta comprendida y acompañada en su dolor emocional.

Durante un luto o proceso de duelo, cuando las palabras resultan insuficientes para expresar el dolor, la música surge como un canal para expresar el sufrimiento y auxilia a procesar emociones complejas y abrumadoras. Tradicionalmente, las piezas que se interpretan en sepelios y entierros brindan al doliente una vía para la catarsis y la expresión de emociones que de otro modo quedarían encapsuladas, y ahora se estilan las listas de reproducción conmemorativas que honran la memoria de un ser querido. Así, la música acompaña, consuela y valida todo sufrimiento.

En resumen, la música tiene un poder sanador; no sólo calma o alegra, sino que ayuda a reconstruir la mente. No es casualidad que tu canción predilecta te rescate de los malos momentos: esa experiencia compartida es un reflejo de nuestra vulnerabilidad humana. Desde la cuna hasta la tumba, la música es nuestra aliada incondicional, un lenguaje universal de sanación y una herramienta —peculiar y hermosa— para cuidar y reparar tu salud mental. No la saques de tu vida.

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