
Hay objetos que no murieron: fueron extinguidos. Y no por un meteorito ni por otro cataclismo natural, sino por algo silencioso y despiadado: la tecnología digital. En lo que va de este siglo XXI, hemos pasado de cargar nuesta vida entera en cámaras, agendas, discos compactos o de vinilo, libros, mapas, tocadiscos, grabadoras y otros reproductores, a guardar todo en un dispositivo con pantalla luminosa que vive en nuestro bolsillo.
Este texto es un pequeño recorrido por ese cementerio contemporáneo donde reposan objetos que alguna vez fueron protagonistas de nuestras vidas y que, víctimas de la obsolescencia, hoy yacen en vitrinas de coleccionistas, bodegas, cajas de archivo muerto o en el último cajón del armario.
La música y sus formatos
Los primeros objetos en caer fueron los símbolos del entretenimiento doméstico. Por ejemplo, los cassettes: esas cajitas plásticas con una cinta magnética que servían para hacer grabaciones caseras o transferir canciones de un disco, de la radio o de otro cassette. Quienes las usamos recordamos cómo los podíamos rebobinar con un lápiz y, también, como teníamos que aceptar con resignación cuando una canción se distorsionaba a causa de una cinta arrugada.
En aquella era análoga, tanto los cassettes como los vinilos tuvieron un ascenso épico y una caída igual de dramática, pues fueron desplazados por el compact disc, que a su vez poco a poco fue sustituido por los archivos MP3, mismos que luego serían consumidos por el streaming, el cual irónicamente está siendo opacado por el resurgimiento de los discos LP. Esta cadena de depredadores tecnológicos dejó muchos artefactos huérfanos: Walkmans, Discmans, iPods, quemadores de CD y hasta los organizadores donde guardábamos nuestra música como si fuera un tesoro. Y claro que lo era.

A este grupo se suman las cintas Beta y VHS, así como los DVD y Blu-Ray, que en su momento parecían insuperables con sus menús interactivos, extras de producción y la sensación de “cine en casa” que nos ahorraba el viaje y las filas del centro comercial. Hoy, los servicios de streaming ofrecen una nueva normalidad: nada se compra, todo se alquila… y el catálogo cambia sin que uno pueda hacer nada al respecto. En el camino no solo murió la renta de películas, sino también una cadena construida en torno a ella: Blockbuster, que dominó el entretenimiento doméstico durante más de 20 años y que llegó a tener más de 9 000 tiendas en todo el mundo.
En 2010, Netflix —que, antes de transformarse en un monstruo digital, ofrecía el servicio de envío de DVD por correo— propuso una alianza que Blockbuster rechazó, confiado en su imperio. Años después, el streaming no solo lo superó: casi lo aniquiló por completo. De aquel gigante azul queda apenas una tienda en Oregón que hoy funciona como negocio y como relicario cultural, prueba de que incluso los titanes pueden caer si el futuro llega demasiado rápido. Como dato cultural para los que tienen buena memoria, en el Estado de México aún existe una sucursal de otra extinta cadena de renta de películas: VideoCentro.

La modernidad de escribir
Pero si los medios de entretenimiento murieron en grupo, los objetos de oficina tuvieron una extinción todavía más contundente. Las máquinas de escribir, por ejemplo, vivieron durante más de un siglo como instrumentos de precisión, ritmo y disciplina en los que un error podía costar la hoja entera. El sonido de las teclas era casi un himno de trabajo, pero con la llegada de las computadoras, los procesadores de texto y la documentación digital se agilizó y perfeccionó las escritura, y se eliminó la necesidad de guardar copias físicas; así, la máquina de escribir se convirtió una pieza decorativa que algunos millennials nostálgicos compran para sentirse vintage.
La muerte del fax fue igualmente silenciosa: durante décadas fue un símbolo de la comunicación empresarial, pero el correo electrónico lo dejó sin voz. De modo similar, las agendas impresas fueron pequeñas cápsulas de identidad forradas en piel: citas, recordatorios, notas sueltas, nombres, teléfonos y direcciones anotados a mano que el smartphone las absorbió como un agujero negro, con sus calendarios y listas de contactos centralizados y sincronizados.
Otros objetos de comunicación no se quedaron atrás: las cabinas telefónicas, donde se hacían llamadas urgentes o románticas, están en vías de extinción gracias a los celulares; los pagers o bipers, íconos de los doctores, mensajeros y ejecutivos de la década de 1990, desaparecieron sin un funeral público; y la Sección Amarilla, ese libro inmenso capaz de aplastar una mesa, también dejó de imprimirse cuando Google se volvió el nuevo directorio universal. ¿Y los teléfonos de casa? Bueno, todos sabemos qué pasa con ellos…
Lo mismo ocurrió con las cámaras réflex y las digitales compactas, que florecieron a principios de la década del 2000 y casi desaparecen cuando los smartphones pudieron tomar fotos en alta resolución, con filtros y listas para compartir en las redes sociales. Por eso, la industria fotográfica dio un giro completo en solo diez años y Kodak, la empresa líder durante más de cien años y que inventó la fotografía popular, tuvo que declararse en bancarrota en 2012. Por último, mencionaremos a los mapas impresos, antes eran indispensables para cualquier viaje; hoy Google Maps los ha sustituido y cambió la manera de movernos por el mundo.

Algunas honrosas excepciones
La tecnología no solo mata: también transforma y permite que algunos objetos “resuciten” como moda retro. El ejemplo más claro —que ya mencionamos— son los vinilos o discos LP, que junto con las tornamesas gozan de popularidad como fetiche estético y experiencia sonora. Las cámaras instantáneas volvieron por su encanto táctil e incluso los videojuegos de 8 y 16 bits hoy tienen nuevas generaciones de fans. Estos retornos no contradicen su muerte tecnológica: la confirman, pues no sobrevivieron por utilidad, sino por nostalgia y porque son artefactos sensoriales que recordamos con una mezcla de cariño e ironía.

En el fondo, todos estos objetos tenían algo en común: nos obligaban a interactuar de forma física con la información, la memoria y la diversión. La digitalización, en cambio, convirtió la experiencia en flujo: nada pesa, nada ocupa espacio… y nada permanece. Y aunque hoy disfrutamos las ventajas de este universo ligero, a veces también vale la pena mirar con una sonrisa melancólica todo aquello que dejamos atrás. Porque cada objeto muerto es un recordatorio de que la tecnología no solo avanza: devora. Y el futuro siempre está hambriento…



