Manual estoico para el artista del siglo XXI: una ciudadela creativa interior

Manual estoico para el artista del siglo XXI: una ciudadela creativa interior
Karina Licea

Karina Licea

Pensemos en un artista contemporáneo que pasa semanas concentrado en su taller para dar vida a una obra técnicamente impecable, la cual es publicada en Instagram o en otra red social. Miles de contenidos son compartidos en ese mismo instante y, pocos minutos después, el algoritmo invisibiliza el posteo debido a un cambio en sus políticas de distribución. La falta de visualizaciones e interaccion desata una crisis de frustración en la mente del artista o diseñador, que comienza a cuestionar su talento basándose en métricas digitales vacías y caprichosas.

La escena anterior ocurre tantas veces que el desaliento invade a artistas y creativos en general. En este contexto, las plataformas digitales condicionan nuestra salud mental obligándonos a depender de la validación externa para medir el valor de nuestro trabajo y entregamos nuestro control emocional a plataformas que priorizan el entretenimiento sobre el pensamiento crítico. Esta clase de éxito dicta las modas pasajeras y sabotea la búsqueda de una voz auténtica fuera de ellas, fomentando el agotamiento y mecanizando los procesos creativos. En consecuencia, el artista modifica sus contenidos para complacer las demandas de una audiencia distraída.

La falta de visualizaciones e interaccion desata una crisis de frustración en la mente del artista o diseñador...

En sus célebres Meditaciones, el emperador y filósofo Marco Aurelio definió la ciudadela interior como un espacio mental inmune a los ataques del entorno exterior. Basándonos en esta idea, podemos desarrollar un manual de supervivencia para que el entorno no empañe nuestro juicio, pues la mente es capaz de sortear cualquier crisis. En el ámbito artístico, el creador actual debe estar preparado para proteger el proceso de ideación contra las presiones de la industria; en ese proceso, la filosofía estoica resguarda la libertad del artista.

La dicotomía del control, propuesta originalmente por Epicteto, divide la vida en dos esferas: lo que depende de nosotros —nuestros pensamientos, actos y reacciones— y aquello que no podemos gobernar. Llevando la dicotomía al ámbito del artista, éste puede seleccionar los materiales, imprimir honestidad en el mensaje y controlar el tiempo dedicado a una obra; en cambio, el algoritmo de Instagram, las opiniones de la crítica y hasta el número de ventas alcanzado de acuerdo al nivel de viralidad pertenecen por completo al mundo exterior y, por lo tanto, están fuera de su control. Cuando aceptamos esta separación de forma consciente, hacemos la ansiedad a un lado y la frustración desaparece, pues el artista invierte su energía en los factores que están dentro de su jurisdicción.

Este principio es bellamente ilustrado por el pintor Vincent van Gogh, quien mantuvo una prolífica producción a pesar del poco éxito con que contó en su época. Ignorando la falta de compradores en las galerías parisinas, su proceso creativo permaneció intacto; pintó impulsado por una necesidad interna que trascendía por completo la búsqueda del aplauso de sus contemporáneos. Van Gogh destacaba por su estricta disciplina y pasaba todos sus días frente al caballete, asumiendo su aislamiento con total dignidad.

Vincent van Gogh

En el ámbito de las letras, este desapego se ejemplifica en la figura de Franz Kafka. En las primeras décadas del siglo XX, el autor checo escribió sus obras maestras en la intimidad de su habitación, tras cumplir con agobiantes jornadas laborales en una oficina de seguros, propiedad de su padre. Para Kafka, la escritura era un ejercicio de exploración personal que descifraba los absurdos de la existencia humana; de este ejercicio surgió un adjetivo que alude a su nombre: lo kafkiano. En su lecho de muerte, Franz ordenó a su amigo y editor Max Brod que destruyera sus manuscritos inéditos, demostrando un total desinterés por la fama editorial y una personalidad introvertida; desde luego, Brod lo desobedeció y por eso conocemos obras como El proceso y El castillo, publicadas de forma póstuma. Así, la prosa de Kafka trascendió gracias a su estilo y no por mercadotecnia. Sin duda, este autor gobernó su espacio creativo al mantener sus ficciones a salvo de las demandas del público.

Esto nos lleva a abordar el síndrome del impostor, un fenómeno psicológico que genera inseguridad sobre nuestros méritos profesionales y atribuye nuestro éxito a las circunstancias. En el ámbito artístico, este síndrome se presenta al fijarnos en métricas digitales —en lugar de evaluar nuestro propio avance artístico— y nos hace creer que las felicitaciones determinan la calidad de nuestro portafolio. Al caer en la trampa de compararnos con perfiles digitales diseñados para proyectar éxito, el miedo al fracaso paraliza nuestra mano y congela nuestra mente, y la inseguridad sabotea el desarrollo de proyectos arriesgados que requieren tiempo, paciencia y, sobre todo, tolerancia al error.

Siglos antes de que este tuviera nombre, Marco Aurelio rebatió el síndrome del impostor al recordarnos que la excelencia constituye una práctica diaria y privada; nuestra reputación, en contraste, radica en la mente de terceras personas y fluctúa respondiendo a criterios que no podemos controlar. Hoy en día, el comentario anónimo de un usuario en una red social puede tener el mismo peso que la opinión de un jurado de premiación; ante este panorama, el artista estoico debe ignorar el ruido exterior para concentrarse en su propuesta.

Marco Aurelio

Dentro del taller contemporáneo, nuestra ciudadela interior exige límites frente a los estímulos del entorno digital. Una opción es el aislamiento voluntario, que brinda concentración y estructura para cualquier disciplina artística, resguardando al cerebro del estímulo rápido que destruye la capacidad de atención y provoca ansiedad. Cuando trabajamos de forma consciente, el proceso creativo nos pertenece por completo, controlamos la técnica y la investigación previa; pero cuando el resultado sale de nuestras manos, le pertenece al resto del mundo.

En su ensayo “La muerte del autor” (1967), Roland Barthes afirma que cuando una obra se publica no puede estar delimitada por la intención del autor y es el público quien interpreta las piezas según sus propias experiencias, prejuicios y estados de ánimo; entonces, tratar de controlar la recepción de un trabajo artístico es como intentar gobernar la dirección del viento en una tormenta. El desapego de los estocios permite que el artista desdeñe las expectativas ajenas; entonces, la creación se vuelve un acto hedónico. El estudio de la neuroestética y de la filosofía estoica nos ayuda a sobrellevar la crítica sin sacrificar la vocación artística.

Al dejar de perseguir el éxito, somos libres de hallar nuestra voz y trascendencia. El artista estoico enfoca su mente en la expresión honesta y no en el deseo de tener la razón, de ser famoso o de acaparar la atención de una audiencia que se guía por algoritmos. La resistencia de Van Gogh y Kafka sigue vigente por el desafío que plasma: la trascendencia por encima de los estándares de la época. Así como Marco Aurelio habitó la serenidad, el artista estoico construye un futuro en el que la apreciación de su obra no dependerá del vaivén tecnológico de los clics, de los Me gusta y la omnipresente viralidad digital.

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