
Caminar, en estos tiempos, es un acto de resistencia. Y es más: en ciudades con inundaciones, tránsito pesado, gente desesperada, automóviles que se suben a las banquetas y otros riesgos, andar a pie incluso se torna heroico. Pero hace mucho tiempo, en ciudades distintas y con un romanticismo ya perdido, surgió la figura del flâneur, palabra francesa que significa “paseante, callejero”. Sospecho que la primera vez que supe de esa figura fue gracias a Charles Baudelaire, autor de Las flores del mal (1857).

Charles Baudelaire (1821-1867).
El poeta, ensayista y traductor francés también escribió El pintor de la vida moderna (1863), cuyo protagonista es un flâneur; es decir, un paseante que encuentra la belleza a través de los paseos contemplativos, la serendipia y la felicidad de permanecer incognito entre la multitud. Aunque al principio el término se asociaba con las personas ociosas y la vagancia, en la Francia del siglo XIX se resignificó el epíteto otorgándose solo a caballeros de clases sociales privilegiadas, que eran quienes podían permitirse aquellas excursiones de observación.
El propósito de dichos paseos era la apreciación estética de la vida cotidiana: caminaban, reflexionaban y revaloraban todo aquello para, más tarde, plasmarlo en obras de arte. Baudelaire fue de los primeros en reflejar esta práctica en su literatura, pero otros pensadores no se quedaron atrás: el autor alemán Walter Benjamin, por ejemplo, retrató ciudades con su mirada profunda y reflexionó sobre la idea de que, en aquel momento histórico, solo los hombres podían permitirse la inspiración de los paseos reflexivos; en el caso de las mujeres, las prostitutas eran las únicas que podían recorrer la ciudad.

Gustave Caillebote, Calle de París, día lluvioso (1877).
¿Y acaso han existido autores mexicanos paseantes? La respuesta está en la crónica y el periodismo del siglo XIX, particularmente en el nombre de Manuel Gutiérrez Nájera, un escritor cosmopolita y afrancesado que escribía crónicas para revistas de la época como Azul y periódicos como El Federalista, El Cronista Mexicano o El Universal, quien firmaba con seudónimos como El Duque Job. Si bien lo suyo era la poesía modernista, la crónica y narrativa de Gutiérrez Nájera dejan ver su espíritu liberal y el ojo irónico con que miraba la ciudad.
José Clemente Orozco, por su parte, retrató con pintura la vida en las calles de la capital mexicana, reflejando en cuadros lo que veía durante sus caminatas.Años más tarde, escritores como Carlos Monsiváis —que se convirtió en una especie de cronista del entonces D.F.— llevarían a sus letras los resultados de sus paseos y nos dieron vistazos a otras partes de ese México que ya no existe.

José Clemente Orozco, La cantina (ca. 1950).
Para terminar, me parece importante mencionar a las mujeres, pues ellas han tenido un camino más difícil en esto de pasear por la ciudad. En otras épocas, no podían siquiera andar solas por las calles, mucho menos regocijarse con la belleza de los paseos citadinos, pero siempre ha habido espíritus capaces de desafiar esas convenciones: hablo de escritoras como George Sand, Concepción Arenal o Flora Tristán, quienes se disfrazaron de hombres para burlar las reglas escritas por el género masculino y acceder a la categoría de flâneuses. Al respecto, en el artículo “Cápsulas de igualdad”, publicado por la Universidad de la Coruña, se citan las palabras de la pintora Marie Bashkirtseff, quien dijo:
Añoro la libertad de deambular por la calle sola, de entrar y salir a mi aire, de poder sentarme en Las Tullerías y en los jardines de Luxemburgo, de pararme ante los escaparates de las tiendas artísticas, de entrar en iglesias y museos, de callejear por la noche por la parte antigua; eso es lo que añoro, y sin esa libertad es imposible convertirse en una auténtica artista.
Las últimas líneas me hacen pensar que gracias a esa libertad, o a la búsqueda de la misma, muchos artistas ganaron inspiración genuina durante un paseo. Por ejemplo, no me imagino a Monsiváis escribiendo Apocalypstick sin haber dedicado un buen tiempo a explorar los recovecos de la Ciudad de México. Y si bien la figura femenina de la paseante es más complicada, seguro hoy existen mujeres artistas o escritoras que rompen esquemas y acuden a la ensoñación de los paseos.

Carlos Monsiváis (1938-2010).
En algún lado leí que los caballeros sacaban a pasear tortugas para seguir su ritmo y disfrutar del paseo. Suena ridículo, pero a mí me encantaría salir a pasear con mi tortuga y contemplar mi barrio, para luego escribir un ensayo que quizá titularía “Sueños de un escritor de la periferia”… aunque lo más probable es que la tortuga muera atropellada, pisada, pateada o hasta devorada.
En un mundo de arquitectura hostil, donde el auto cada vez devora más terreno y la gente se permite la calma, tal vez quienes graban espacios liminales o sitios abandonados son los flaneurs y flàneuses del siglo XXI, y en el futuro tal vez surja una nueva especie de ciber-paseante o algo así, no lo sé de cierto. Lo que sí sé es que pasear y perderse entre la multitud aún es posible… pero sigue siendo todo un arte.



