La adultez y el discreto encanto de escuchar radio AM

La adultez y el discreto encanto de escuchar radio AM
Mad hi-Hatter

Mad hi-Hatter

No están ustedes para saberlo ni mucho menos yo para contarlo, pero este humilde sombrerero no se cuece al primer hervor. En otras palabras, la imagen que me devuelve el espejo cada vez se parece más a los recuerdos que tengo del rostro de mi padre, cercano a su vejez. Este paso del tiempo al que aludo, además de en la apariencia física, se refleja en una serie de hábitos, manías, disciplinas y rituales, casi todos heredados —esos sí— de mi madre. Y uno de ellos es al que me referiré esta vez: al discreto encanto de escuchar radio AM, o sea estaciones en la banda de amplitud modulada.

Cada mañana, incluso si es sábado o domingo, mi día inicia entre las cinco y media y las seis y media de la mañana. Despuntando el alba o aún a oscuras, lo primero que hago —después de desahogar los niveles de fluidos, claro está— es llenar la cafetera, encenderla y enseguida encender la radio en una estación de AM que, muy a contracorriente de los tiempos, transmite primordialmente música de antaño.

Vieja radio portátil

Alguien más práctico que yo buscaría la misma estación de mis recuerdos —ya me explicaré— en su transmisión por internet y conectaría esa señal a una bocina Bluetooth, para tener mayor fidelidad en el sonido. Pero no: para que la experiencia sea completa, sintonizo la radio en un modular Fisher de los setentas —que, desde luego, compré de segunda mano—, de esos que aún tienen un dial iluminado con luz verde donde una aguja corre señalando la frecuencia y uno tiene que ser muy paciente o tener buen pulso para sintonizar la estación con precisión. El ruido producido por la estática radiofónica es como el scratch de los viejos discos de vinilo que tanto nos gustan a los melómanos.

Así, mientras el sol asoma en el horizonte y yo le hago al barista aficionado, la mañana suena a Los Panchos, Los Tres Ases, Los Tecolines y Los Tres Caballeros; a Beny Moré y a Emilio Tuero, a Agustín Lara y a Álvaro Carrillo, a Sonia López y a María Victoria, a Luis Arcaraz y a Claudio Estrada. Canciones breves y sentidas que en mi juventud me parecían cursis y ridículas, pero que ahora revaloro como una esmerada expresión artística y, sobre todo, como una agradable música de fondo al arranque del día, ahora que la maquinaria que me lleva y trae pasa del medio siglo de servicio.

Trío Los Tres Ases

Los Tres Ases

Además, está el tono que añaden los locutores de AM. Mis conocimientos del tema no alcanzan para señalarlo cabalmente, pero es como si al entonar la voz, comentar noticias del día y opinar sobre temas misceláneos, todos siguieran una escuela que estaba vigente cuando mis abuelos ponían la radio para escuchar las mismas canciones. Y eso es lo que completa el cuadro: amén de aligerar mi escucha musical, más habituada a géneros pesados y complejos, ciertas melodías y ciertos acordes detonan recuerdos de otros tiempos, cuando los hombres olían a vetiver, usaban brillantina y lucían bigotes perfectamente recortados, y las mujeres vestían delantal, olían a talco que obtenían de una polvera y recogían su pelo en apretados chongos. Oír esas voces es, un poco, como regresar al comedor de mamá y escucharla a ella y a mis tías platicarme mientras me preguntan si quiero otro pan dulce o más café con leche.

Y también era la música que oían mis padres cuando se conocieron. Por lo que alcanzaron a contarme, el romanticismo de los tríos y sus boleros fue el marco de su fallida historia de amor. Por eso, ciertas interpretaciones tocan puntos sensibles en mi memoria y desatan emociones que no alcanzo a poner en palabras, pero que seguramente tienen que ver con esas mañanas y esas tardes de domingo en las que, junto con mis hermanos, paseaba en el asiento trasero del coche de papá… mientras ellos dos discutían de nueva cuenta y amenazaban con, ahora sí, ponerle fin al asunto.

Antiguo aparato receptor de radio

Así los recuerdos, resulta curioso que esas mismas canciones que escuchaban mis padres y que nosotros oíamos involuntariamente, sean ahora las que con toda conciencia elijo para musicalizar mi mañana y darme impulso al arrancar el día. Las mismas tonadas que papá ponía a volumen suficiente como para disimular los airados reclamos de mamá, pero que seguro un día fueron el soundtrack de su tórrido romance, del que brotaron y siguen vivos tres retoños.

¿Será ese el valor comercial de la radio AM? ¿La gente como yo o de mayor edad que, aunque sigue viva y activa en este segundo cuarto del siglo XXI, guarda tantos recuerdos que a cada tanto tiene que regresar a ellos a través de ciertas voces, ciertos tonos, ciertas canciones? No lo sé, pero en un momento de la historia dominado por el pódcast, por reels de minuto y medio, y por todo tipo de manifestaciones de la IA, ese espacio análogo de apreciación y nostalgia se ha convertido en algo que nutre enormemente mis mañanas. ¿Quieres intentarlo?

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