
A ver, un momento, ¿no se supone que es al revés? Durante generaciones, el refrán nos ha aleccionado que no debemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy, y hay que reconocer que tiene mucha razón: habla de previsión, responsabilidad y diligencia, o sea, de hacer lo que corresponde en lugar de confiar eternamente en un nebuloso mañana que nunca termina de llegar. Es un ejemplo de esa sabiduría de los abuelos y los maestros de antaño, que no sabían de apps de productividad, calendarios digitales ni de la técnica Pomodoro, pero entendían por la experiencia que ciertas cosas es mejor hacerlas a tiempo.
El problema aparece cuando convertimos esa sensata recomendación en un mandato permanente: si puedo hacerlo ahora, tengo que hacerlo ahora. Contesto de una vez el mensaje, adelanto el pendiente, limpio lo que todavía no se ensucia, resuelvo hoy lo que perfectamente podría resolver el martes; y cuando termine, en lugar de descansar, mentalmente buscaré qué más podría adelantar. Ahí se abre la diferencia abismal: administrar el tiempo o intentar exprimirlo hasta la última gota, como si cada minuto que no producimos, resolvemos, organizamos, mejoramos o prevenimos, fuera un minuto desperdiciado.

En su libro La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han describe el paso de una sociedad basada en la obligación y la disciplina hacia una sociedad del rendimiento, en la que el individuo termina exigiéndose a sí mismo cada vez más. Así, la explotación ya no necesita de alguien que nos ordene qué hacer, pues nosotros nos convertimos en nuestros propios capataces. El “tienes que” se transforma en “hay que hacerlo”, y ese poder hacer más acaba convirtiéndose en una obligación de hacerlo todo cuanto antes… y lo mejor posible.
Por eso, quizá valga la pena que hagas un pequeño experimento con el refrán: si detectas algo que puedes hacer hoy, pero también puedes hacer mañana sin que pierdas una oportunidad, incumplas un compromiso, perjudiques a alguien o pongas en riesgo tu bienestar, déjalo para mañana. No por flojera, ni por rebeldía, ni para convertir la procrastinación en una filosofía de vida, sino porque puedes, como señala el refrán. Entonces, observa qué sucede cuando no obedeces automáticamente ese impulso de aprovechar el tiempo al máximo.

Algunas claves mentales para encarar este proceso son la planeación, la administración del tiempo y la división de tareas. Como la vida parece más una carrera de resistencia que de velocidad, casi siempre lo más sensato es distribuir el esfuerzo: por ejemplo, si te fijas el objetivo de trotar 20 kilómetros a la semana, una manera simple de lograrlo es cubrir cinco kilómetros cada lunes, miércoles, viernes y sábado; de este modo permites que tu organismo descanse, se recupere y esté en mejores condiciones para la siguiente sesión. El mismo principio opera para muchos otros objetivos en distintos ámbitos.
Al hacer lo anterior, tal vez descubras que una parte de tu estrés y de tu prisa no proviene de la cantidad real de tareas pendientes, sino de la aprehensión que deriva de la desorganización y la falta de prioridades, o bien, de la dificultad para permitir que una tarea siga pendiente “hasta que le toque”. Entonces, no se trata de decidir entre la disciplina y la pereza, sino de aprender a distinguir entre lo urgente, lo importante, lo oportuno y aquello que simplemente podría hacerse ahora, pero no tiene ninguna razón para adelantarse. Además, a veces hay que dejar que la pintura seque, el pastel se enfríe, la gelatina cuaje o una idea madure, y eso no es procrastinación ni pérdida de tiempo.

La pregunta, entonces, no es si debes irte a la cama con tu checklist “palomeado” completamente, sino: ¿qué necesito resolver ahora mismo y qué puedo dejar para mañana sin que mi vida se descomponga? Es cierto que hay asuntos que sí conviene atender hoy: una oportunidad que realmente puede escaparse, una oferta limitada, una llamada que alguien está esperando, un trámite que mañana será aún más engorroso. Pero también hay tareas que no necesitan adelantarse, decisiones que agradecen una noche más de sueño y pequeños pendientes que no se convierten en catástrofe si se quedan un día más en tu lista.
Si puedes dejar algo para mañana y no pasa nada malo, prueba otra vez. Tal vez el verdadero descubrimiento no sea que mañana es mejor que hoy, sino que no todo tiene que suceder hoy para que estés aprovechando bien tu vida.



