
Llega una edad en la que uno puede pasar los días pagando cuentas, resolviendo problemas, trabajando de sol a sol, sacando pendientes y procurando que a la descendencia no le falte nada. Pero una rutinaria mañana te das cuenta de que llevas semanas —o meses o años— sin hacer algo solo por gusto, por la emoción, el placer o el interés de hacerlo. En pocas palabras, tu realidad más o menos funciona, pero a veces parece que alguien le bajó la saturación a los colores de la vida. ¿En qué momento dejamos de esperar con emoción lo que viene y empezamos a preocuparnos por lo que falta?
Cuando somos adultos jóvenes, el entusiasmo parecía venir incluido en el paquete: salir de fiesta, enamorarse, ascender en el trabajo, hacer planes, construir una familia, descubrir el mundo y averiguar quién demonios eres. Pero a los cincuenta y tantos, muchas de esas cosas quedaron atrás o cambiaron de forma irreversible, y uno se preguntar si la vida ya nos dio todo lo que tenía que dar. Pero tal vez no es que la vida se haya quedado sin sorpresas, sino de que seguimos esperando que nos entusiasme del mismo modo que antes…

Los psicólogos han observado que, a medida que uno envejece, tendemos a elegir con más cuidado dónde ponemos nuestra atención y con quién compartimos la vida; o sea, ya no necesitamos tantas experiencias y por eso empezamos a valorar más aquello que de verdad nos importa. Pero la cosa es que, con frecuencia, confundimos esa selección con una pérdida de posibilidades. Tal vez ya no tengas ánimos de una “maldición gitana” —o sea: “si bebes el lunes, bebes toda la semana”— como antaño, cuando eras el alma de las fiestas, pero eso no significa que hayas perdido las ganas de vivir; ahora lo que necesitas es encontrar otras actividades que despierten tu curiosidad.
En esa etapa, también hay duelos que no siempre reconocemos como tales: cuando mueren nuestros padres, los hijos dejan de ser niños y ciertas relaciones o proyectos desaparecen, perdemos una parte del motor de vida que conocíamos. Podemos seguir trabajando, cumplir con nuestras obligaciones, pagar las tarjetas con puntualidad y, a la vez, sentir que algo se apagó. Pero no siempre estamos cayendo en una crisis profunda; a veces, simplemente necesitamos hacer espacio para lo que cambió y averiguar qué queremos hacer con lo que queda, porque cumplir con todo no siempre equivale a sentir que estamos viviendo de forma deliberada.
A veces he pensado que nuestra mente es como una especie de frontón o de pared con eco que te devuelve exactamente lo que le envías. Entonces, si durante años le hemos lanzado preocupaciones, carencias materiales o afectivas, autoexigencias, comparaciones con otros y una lista interminable de pendientes, ¿cómo esperamos que lo que nos devuelve no sea monótono, gris o tormentoso?
Cuando estamos angustiados, la atención se acostumbra a detectar problemas, carencias, amenazas y todo lo que falta por resolver, pero el remedio no consiste en simplezas como “pensar positivo” o repetir afirmaciones frente al espejo. Una parte de la salida, creo, está en también voltear a ver lo que aún no conocemos. O sea, ¿qué me genera curiosidad? ¿Qué podría aprender, qué lugar no conozco o qué proyecto he descartado sin haberlo intentado siquiera?

Y es que la curiosidad no necesita grandes aventuras. Puede consistir en entrar a una librería sin buscar un título en particular, caminar por una calle desconocida, aprender algo que no tenga ninguna utilidad práctica, conversar con un desconocido o atrevernos a tocar una puerta que siempre hemos dado por cerrada. No sabemos si detrás de ello encontraremos algo valioso, pero esa es precisamente la gracia: no todo tiene que convertirse en ganancia, éxito o júbilo desbordado; algunas experiencias valen por lo que nos hacen descubrir.
Quizá también convenga revisar cuántas veces nos contamos de antemano cómo van a terminar las cosas. Por ejemplo, ves a una persona que te interesa y, en lugar de intentar acercarte, piensas: “seguro me va a rechazar”; y así, para evitar una decepción que aún no existe, renuncias a una posibilidad real de conocer a alguien. No todas las puertas se abrirán, desde luego, pero algunas ni siquiera sabemos si están cerradas porque nunca nos hemos acercado a tocarlas. Entonces, la clave no es perder el miedo, sino seguir teniendo miedo y, aun así, dar un paso. La curiosidad no consiste en creer a ciegas que todo saldrá bien, sino en aceptar que aún no sabemos qué va a pasar.
Tal vez recuperar el entusiasmo en la edad madura no consista en volver a ser quienes éramos a los treinta, sino en no dar por concluida una historia que seguimos escribiendo todo el tiempo. Tampoco podemos traer de vuelta a quienes ya no están, pero podemos descubrir otras formas de querer, trabajar, aprender y disfrutar. Y no hace falta cambiar la vida entera mañana: basta con dejar de preguntarnos únicamente qué falta por resolver y empezar a indagar qué nos gustaría descubrir. Quién sabe: quizá la próxima buena historia comience con una vuelta en una calle equivocada, un encuentro inesperado o con una puerta que, por fin, nos animamos a tocar… y se nos abre.




