Canciones de la infancia: un repertorio musical heredado

Canciones de la infancia: un repertorio musical heredado
Karina Licea

Karina Licea

Si has leído mis artículos, sabrás que mi labor docente y la curiosidad de mis alumnos me han llevado a escribir sobre las dos expresiones artísticas que más me apasionan: la literatura y la música. Hace poco, cuando faltaban unas semanas para que finalizara este ciclo escolar, para apaciguar la energía de los adolescentes a mi cargo puse música durante las clases; y si bien la mayoría de las veces ellos me pedían canciones que estaba en tendencia en las redes sociales, también me sorprendí al ver que disfrutaban otras que no son de su tiempo. Eso me hizo preguntarme: ¿qué hace un chico de trece años escuchando canciones como “Highway to Hell” de AC/DC o “Ramito de violetas” de Mi Banda el Mexicano?

Nuestra memoria colectiva transmite silenciosamente y de generación en generación un vasto acervo de conocimientos, valores, historias, conductas, habilidades, formas de ver el mundo y, también, un repertorio de música. Aunque sea un simple tarareo, un ritmorepetitivo o el fragmento de una letra, estas piezas aprendidas en la infancia —cuando no tenemos plena conciencia del mundo que nos rodea— forman parte de nuestra identidad, pues provienen del gusto musical de nuestros padres, tíos, abuelos o hermanos mayores, y las escuchamos muchas veces en las reuniones y fiestas familiares, de trayecto en el coche o los fines de semana de limpieza.

Tornamesa

Así, poco a poco creamos un listado íntimo y personal de canciones que nos acompañarán a lo largo de nuestras vidas. Y a pesar de que a menudo este legado sonoro es relegado al olvido durante la adolescencia o en el ajetreo de la vida adulta, casi siempre resurge en momentos inesperados, evocando emociones profundas y recuerdos entrañables que quedaron grabados en nuestra memoria a largo plazo y, muchas veces, formando la base de nuestras futuras preferencias musicales. Este almacenaje se debe a la constante exposición musical en nuestro núcleo familiar y no requiere un estudio formal ni una comprensión profunda.

Durante la juventud, la mayoría hacemos a un lado la música de la infancia en aras de la exploración de otros géneros y la imitación de gustos de personas de nuestra edad. En esa etapa la música se resignifica en muchos sentidos, pues los adolescentes están en busca de su identidad y sienten la necesidad de formar parte de un grupo con intereses similares; en esa búsqueda, las canciones se convierten en una poderosa declaración de principios, valores y postura ideológica.

Niño con audífonos

En esta exploración, algunos eligen estilos musicales populares como el indie, los corridos tumbados o el reguetón, y otros prefieren aquellos que tuvieron su auge en décadas anteriores, como el rock, la balada o el pop clásico. En ambos casos, la música se convierte en un elemento esencial para definir la individualidad y el sentido de pertenencia colectiva, así como para crear un vínculo socioafectivo con personas con quienes compartimos ese gusto o que nos inspiran a ser como ellos.

Si bien la música puede distinguir entre adultos y jóvenes, una buena canción trasciende al tiempo y al contexto de una generación debido al poder que tiene de conectarnos profundamente con las raíces colectivas y de nuestra historia familiar. Curiosamente, al hacernos adultos muchos experimentamos una especie de regresión, un retorno nostálgico a esa música que nos acompañó durante la infancia, como si esas canciones fueran a devolvernos la emoción y la inocencia de nuestros primeros años de vida. Las tonadas que creíamos olvidadas emergen en nuestra memoria con una familiaridad que reconforta y nos hace sentir menos solos; en ese instante, una melodía memorizada en la niñez se convierte en un puente hacia la persona que éramos y a los sentimientos que definieron nuestra niñez.

Dicho fenómeno se explica por la conexión emocional que desarrollamos con esa música durante nuestros años formativos: en ese momento, la memoria cobra una gran fuerza para traer de vuelta sonidos del pasado cotidiano, además de que entran en juego recuerdos específicos y las emociones que los acompañaron: una fiesta de cumpleaños, un festival escolar, un viaje por carretera, etc. Así, al echar la vista hacia esos instantes, los resignificamos y les encontramos un sitio dentro de nuestros recuerdos más preciados. En síntesis, las canciones de la infancia nos transportan a la calidez del hogar, a la seguridad de sentirnos acompañados y al amor con el que fuimos criados por nuestra familia. Sin importar cuán vieja sea una canción, si está ligada a un hecho significativo de nuestra vida —o al momento más cotidiano que podamos recordar—, ésta nos permitirá viajar en el tiempo para reconectar con nuestra historia familiar y con nosotros mismos. Por eso, agradezco y celebro cada vez que un estudiante me pide escuchar Nirvana o Mi Banda El Mexicano en clase…

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