Cine serie B: cuando lo barato se vuelve arte

Cine serie B: cuando lo barato se vuelve arte
Julio Báez

Julio Báez

El concepto del cine serie BB movie, en inglés— nació en Hollywood durante la década de 1930, cuando los estudios necesitaban alimentar las carteleras de las salas que proyectaban programas dobles. En aquel entones, el público pagaba una entrada y veía dos películas: la “principal”, con mayor presupuesto y reconocidas estrellas; y otra más barata y corta, producida rápidamente y con pocos recursos. Esa segunda película “de relleno” era la película serie B.

En sus primeros años, las B movies tenían un papel meramente económico: abatían costos, reciclaban decorados y mantenían ocupados a técnicos y actores en el interín de producciones más grandes. Estudios como Republic Pictures o Monogram Pictures se especializaron en este formato, produciendo westerns, thrillers y cintas de terror de este tipo con una eficiencia casi mecánica. Pero, aunque la mayoría de las películas de Serie B eran olvidables, con el tiempo algunas empezaron a adquirir una connotación distinta y un encanto propio, ya fuera por sus tramas extrañas, su atmósfera, su libertad creativa o su poco miedo a experimentar.

Cartel de "The Blob" (1958)

Ese espíritu terminó moldeando géneros como el cine noir, la ciencia ficción, el terror y el cine de explotación. Así, la serie B demostró que las limitaciones pueden convertirse en combustible creativo: el reducido presupuesto obligaba a filmar rápido, a improvisar con efectos especiales rudimentarios y a apostar por historias llamativas para enganchar al espectador desde el primer minuto. Así nacieron los monstruos de goma, las ciudades en miniatura destruidas por criaturas gigantes y las tramas delirantes donde alienígenas, mutantes o zombis amenazan a la humanidad.

Algunos de los clásicos del género son It Came from Outer SpaceLlegaron de otro mundo— (1953), dirigida por Jack Arnold: ciencia ficción pura con alienígenas y paranoia de la Guerra Fría; Plan 9 from Outer Space (1957), del director Ed Wood, considerada “la peor película jamás hecha” pero convertida en cinta de culto por su ingenuidad y creatividad involuntaria; Attack of the 50 Foot WomanLa mujer gigante— (1958), de Nathan Juran, una mezcla de feminismo, gigantes y efectos que hoy resultan entrañablemente caseros; y The BlobLa mancha voraz— (1958), de Irvin Yeaworth, con una enorme masa viscosa que devora pueblos enteros y marca el debut cinematográfico de Steve McQueen.

Cartel de "Plan 9 from outer space" (1957)

Por otro lado, algunos cineastas abrazaron la Serie B no como una limitación, sino como un lenguaje propio. Entre ellos están: Herschell Gordon Lewis, pionero del gore con cintas como Blood FeastBanquete de sangre— (1963), que abrieron la puerta a un nuevo tipo de terror gráfico; Jack Hill, el “maestro del exploitation” con películas como Coffy (1973) y Foxy Brown (1974), que impulsaron el género blaxploitation y a Pam Grier como actriz icónica; y Roger Corman, el “rey de la Serie B”, que produjo y dirigió decenas de películas —las cuales filmaba en pocos días— y que además descubrió y fue mentor de cineastas como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Ron Howard o James Cameron; su legado demuestra que la Serie B supo ser escuela para futuros gigantes del cine.

Influencia en el cine moderno

Aunque los programas dobles desaparecieron alrededor de la década de 1980 —en México les decíamos “permanencia voluntaria”—, el espíritu de la Serie B nunca murió y permeó las producciones de serie A, el cine independiente y la cultura pop. De hecho, éxitos de taquilla como Alien (1979) de Ridley Scott o Terminator (1984) de James Cameron nacieron con presupuestos modestos y conceptos que bien habrían podido estar en la Serie B, pero sus brillantes ejecuciones las llevaron a otro nivel. Incluso Peter Jackson, el artífice de las laureadas trilogías de El Señor de los Anillos y El Hobbit, inició su carrera en la Serie B con películas como Bad Taste (1987) y Braindead (1992).

Fotograma de "Terminator" (1984)

En el siglo XXI, Quentin Tarantino y Robert Rodriguez rindieron homenaje a la estética y la narrativa del cine de explotación setentero con su proyecto Grindhouse (2007), que desde luego incluía un programa doble: Death Proof, de Tarantino, y Planet Terror, de Rodriguez. Años más tarde, títulos como Machete (2010) o Sharknado (2013) prueban que el espíritu serie B sigue vivo, al abrazar abiertamente el absurdo y la exageración como parte de su encanto.

El cine de serie B capturó miedos, fantasías y obsesiones de cada época, desde la paranoia nuclear hasta la fascinación por lo sobrenatural, y ha sido un testimonio de ingenio, resistencia y, a veces, de pura diversión sin pretensiones. Ahora que la industria se arriesga cada vez menos y sólo repite fórmulas probadas, revisarlo nos permite entender la evolución y las convenciones de ciertos géneros y, además, nos recuerda que el arte no necesita millones para ser memorable.

A veces, para encontrar la auténtica magia del cine hay que mirar donde la luz de los reflectores apenas llega: allí donde un monstruo de cartón, una actriz gigante y un director obsesionado intentaban, contra todo pronóstico, hacer cine…

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