
¿Alguna vez has caído en cuenta de que te la pasas repitiendo la misma historia una y otra vez, quizá con distinto escenario, diferente pareja o un jefe distinto, pero con el mismo desenlace? Si es así, estas líneas te interesan, porque lo que solemos atribuir a “la mala suerte” o a “tu karma” tiene un nombre mucho más elegante y, al mismo tiempo, inquietante: compulsión a la repetición. Lo acuñó Sigmund Freud, nada menos, para describir esa tendencia del ser humano a regresar una y otra vez a lo mismo, incluso cuando duele o le hace daño.
El asunto es más complejo de lo que parece: en lugar de recordar un trauma y elaborarlo en palabras, el inconsciente lo actúa. Por ejemplo, una persona que durante la infancia sintió abandono, en su vida adulta podría recrear relaciones en las que siempre la dejan y alguien que vivió una pérdida repentina puede engancharse en escenarios donde tarde o temprano se repite esa sensación de vacío. Lo sorprendente es que no se hace de manera consciente, sino con una especie de guion secreto que empuja a revivir lo que ya se ha experimentado. En palabras de Freud, lo reprimido retorna disfrazado: no como recuerdo, sino como acción.
Los psicoanalistas notaron que esto aparece en sueños, en síntomas y, sobre todo, en conductas que parecen calcadas. La persona cree que “elige mal”, cuando en realidad está atrapada en un bucle que el inconsciente insiste en mantener. ¿La razón? Aunque nos cueste admitirlo, hay una parte de la mente que se aferra a lo familiar, incluso si es doloroso. Es una especie de fuerza conservadora de la psique: repetir para no perder la coherencia interna o para sentir que conservamos el control… aunque sea un control envenenado.

En el contexto terapéutico, a menudo lo que se busca no es señalar al paciente como “repetidor empedernido”, sino darle espacio para reconocer esos patrones, hacerlos conscientes y, poco a poco, poder transformarlos. La repetición, entonces, deja de ser una condena y se convierte en material de trabajo: aquello que se repite puede finalmente pensarse, elaborarse y, en el mejor de los casos, resolverse con un desenlace distinto.
Imagina, por ejemplo, a quien siempre tropieza con parejas que no saben comprometerse: no es que disfrute sufrir, sino que inconscientemente recrea la misma escena para ver si ahora el final cambia; un poco como alguien que de niño se cayó de un caballo y de adulto insiste en montar una y otra vez el toro mecánico del rodeo “hasta que logre domarlo”, aunque siempre termine en el piso. Lo irónico es que hasta que ese guion no se vuelva consciente será difícil que el desenlace cambie.

Esta misma compulsión es la que puede llevarnos a conductas que a nosotros mismos nos parecen inexplicables, como terminar con una pareja y regresar muchas veces “porque esta vez ya cambió” o reincidir en empleos o relaciones tóxicas, con jefes o colegas abusivos; o bien, a replicar conductas nocivas que vimos o vivimos de niños, como la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la infidelidad o el maltrato.
La compulsión a la repetición es una muestra de cómo la mente humana construye mecanismos, no solo para evitar el dolor, sino también para repetir lo doloroso en un intento de resolverlo, dándole —o dándose— “otra oportunidad”. Y lo anterior puede arraigarse a tal punto que nos identificamos con ello como si fuera un rasgo de nuestra personalidad. El inconsciente insistirá una y otra vez hasta que, de alguna forma —quizá con prácticas espirituales o ayuda terapéutica— demos con la raíz de ese patrón conductual, lo integremos y, finalmente, dejemos de actuar de manera compulsiva e inconsciente.
Así, la próxima vez que sientas que “tropezaste de nuevo y con la misma piedra” —como decía una canción de Julio Iglesias, el mismo señor de los memes—, no te culpes ni te castigues tan rápido, porque eso solo empeora las cosas. Quizá no es mala suerte ni falta de voluntad, sino tu inconsciente repitiendo el guion de la misma obra teatral en tu mente para mostrarte algo que aún necesitas mirar…



