
Como profesional de las letras, cada vez estoy más convencida de que todas las artes necesitan vocación, porque es justo lo que nos impulsa a ejercer nuestro arte. Por eso, concibo la práctica del oficio como una necesidad que surge de mis deseos profundos —pero sin el tono romántico— y difiero de la noción que reduce la cualidad artística a mera contemplación o suerte; en cambio, concibo esa fuerza como una tensión que exige respuestas frente a problemas humanos y del entorno. Por eso, cuando alguien me pregunta cuánto tiempo le dedico a la escritura, siempre respondo: “No tanto como la vocación me exige”.
Además de vocación, nuestras actividades, profesiones y oficios necesitan curiosidad, la cual sobresale como una habilidad que nos empuja a formular preguntas y buscar respuestas. Esta cualidad origina la producción artística e intelectual, y detona reacciones sin forzar mecanismos. Combinar curiosidad y creatividad resulta en una vocación genuina para cualquier área del conocimiento. Quien se apasiona por lo que hace está por encima de quien cumple tareas por mera obligación.

Tomemos el caso del abogado estadounidense Kevin Reddington, quien da cátedra de cómo funciona la creatividad dentro de los tribunales. Reddington, quien ganó fama defendiendo a acusados de homicidio en casos de gran repercusión, posee una habilidad extraordinaria para transformar la aridez del código legal en un relato coherente dotado de fuerza persuasiva frente al jurado, y su vocación convierte cada intervención jurídica en un ejercicio de tensión discursiva. Desde un enfoque dramático, domina al litigio en el estrado con su narrativa y retórica. El letrado articula los hechos de un expediente como lo hace un dramaturgo al organizar un clímax escénico. Esto demuestra que la abogacía requiere una aguda sensibilidad para interpretar el comportamiento humano.
Por otro lado, tenemos al reconocido Massimo Bottura, quien explora los límites de la creatividad en la cocina con el diseño de experiencias gastronómicas. La propuesta del italiano, reconocido como uno de los mejores chefs del mundo, combina la rigurosidad del método con las habilidades blandas al utilizar la memoria sensorial y la intuición visual para modernizar la cocina tradicional de su país. Esta visión culinaria demanda una sensibilidad fina para coordinar la dinámica de su equipo de trabajo; no se trata solo de transformar un platillo típico, sino de buscar la excelencia gastronómica a través de la lectura cultural de cada ingrediente.

De lado de las letras, el autor mexicano David Toscana planifica sus novelas con la intención de desafiar la realidad histórica. Su obra es reconocida por su gran maestría en el oficio, pues crea universos ficticios donde el ritmo se sostiene en cada capítulo y construye tramas con un control preciso del lenguaje y de la psicología de sus personajes. Si bien la creación de mundos requiere un trabajo de orfebrería verbal y corrección sintáctica, esto no basta; el oficio de escribir necesita de obsesión. La obra de Toscana confirma que la invención de ficciones depende de la constancia técnica y vocacional frente a la página.
Como último ejemplo, tenemos al director italiano Luca Guadagnino, que construye atmósferas cinematográficas con ayuda de texturas sensoriales: utiliza la luz, el vestuario y el espacio físico para comunicar estados emocionales sin abuso del diálogo. El cineasta, nominado al Oscar por su cinta Call Me by Your Name (2017), construye la composición visual como si fuese un pintor: a través de la colorimetría captura la temperatura del ambiente y la materialidad de los objetos para envolver al espectador. Esta sensibilidad del plano revela una vocación orientada al estudio de la percepción estética.

Si comparamos la construcción retórica de Reddington con el universo narrativo de Toscana, vemos que ambos comparten un principio formal: la organización de la información para capturar la atención de su audiencia mediante tensiones calculadas. Ambos seleccionan palabras capaces de edificar un argumento convincente sobre la naturaleza del conflicto expuesto, real o ficticio, pues las evidencias jurídicas requieren el mismo nivel compositivo que los indicios de un relato. Esta coincidencia no es fortuita y demuestra que la elocuencia jurídica y la prosa literaria obedecen al mismo estándar: el nivel de discurso que solo tienen quienes se apasionan.
Por su parte, la composición sensorial de Guadagnino también se equipara con la alquimia de Bottura, pues tanto el cineasta como el cocinero equilibran los elementos de su profesión para generar una respuesta emotiva. En primera instancia, se podría pensar que estas disciplinas poco pueden tener en común, pero ambas comparten la percepción del espacio, del color y del sabor como herramienta artística. La selección de un encuadre equivale al montaje de texturas sobre la superficie de un plato, logrando una sensibilidad visual y una disciplina culinaria que responden a la misma pulsión: la necesidad de sumergirse en la experiencia.

Cada vez estoy más convencida de que la vocación permite ver la invención como una respuesta. Una mente que profesionaliza el impulso creador reconoce que la creatividad no solo se encuentra en las artes —también se halla en la cotidianidad— y la vocación permite entender la naturaleza del problema que enfrenta. Este flujo natural de ideas prescinde de adornos y prioriza la funcionalidad creativa, donde la persona con vocación encuentra caminos sin forzar procesos dentro de la actividad que ejecuta. Malcolm Gladwell popularizó la idea de que se necesitaban 10 mil horas para convertirse en experto en alguna tarea; sin embargo, si se carece de pasión y no hay vocación, ni siquiera esas horas de práctica serán suficientes.
No sirve de nada profesionalizarse sin sustento creativo y si no se ama lo que se hace, pues solo estaremos mecanizando y estandarizando procesos. En cambio, un profesional con vocación analiza las reglas de su disciplina y expande los límites en la práctica. Esa es la diferencia entre un profesional y un creativo, ya que este asume el desafío de la complejidad y usa la técnica como instrumento de desarrollo, no como fin en sí mismo. Al final, la vocación dignifica por igual oficios, artes y profesiones, por el simple hecho que detrás de ella está el compromiso.
Ahora dime, ¿en qué actividad está tu vocación?…



