
La otra tarde, a raíz de una conversación incómoda en la que un tercero innecesariamente ventiló asuntos que no eran de nuestras incumbencias, platicaba con un amigo sobre la olvidada virtud de la prudencia. Y es que, a pesar de hoy ser uno agnóstico y el otro ateo, de niños ambos tuvimos una sólida formación católica que nos permite recordar las tres virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— y las cuatro virtudes cardinales: la templanza, la fortaleza, la justicia y, la que nos importa en esta ocasión, la prudencia.
Pero no hablo de ese “amor que sabe discernir lo que es útil para acercarse a Dios de lo que nos puede alejar de él”, como bellamente definió San Agustín a la virtud cardinal de la prudencia; a lo que me refiero es a la prudencia práctica que hemos dejado de tener en la vida cotidiana, y que poco tiene que ver con la intención de irse al Cielo o de honrar al Altísimo.
Aristóteles, que le dio muchas vueltas al asunto, decía que la prudencia es “la disposición que permite a la persona discurrir bien respecto de lo que es bueno y conveniente para ella misma”. Y no sólo se refería a la salud o al bienestar físicos, sino a la felicidad obtenida a través de la virtud; es decir, al gusto, la satisfacción y la tranquilidad que derivan de “hacer las cosas bien”, lo cual no es sino obrar sin que después padezcamos arrepentimientos por nuestras acciones.

Otra definición —de la Asociación Psicológica de los Estados Unidos (APA)— señala que se trata de una “preocupación deliberada y previsora por las consecuencias de las propias acciones y decisiones”, y añade que es una forma de razonamiento práctico y de autogestión que resiste el impulso de satisfacer placeres de corto plazo, a expensas de metas a largo plazo.
Así, una persona prudente piensa antes de actuar y antes de hablar, no corre riesgos innecesarios y no hace ni dice algo cuyas consecuencias harán que, más temprano que tarde, se lamente de ello. En contraste, todos conocemos personas imprudentes que actúan irreflexivamente, toman de forma impulsiva decisiones que terminan perjudicándolas a ellas mismas o a alguien cercano, “no tienen filtro” o son “atrabancadas” como chivos sueltos en una cristalería.
¿Y por qué digo que la prudencia es, en estos días, una virtud olvidada? Porque casi cada día enfrento situaciones, conflictos y diferencias que bien habrían podido evitarse haciendo uso del pensamiento prudente. Y no es que yo sea el hombre más juicioso del mundo, pero como crecí con una madre estricta e intolerante a la impertinencia y al descuido, quizá sucedió que desde pequeño aprendí a pensar varias veces en las posibles consecuencias de mis actos y de mis palabras, y a detectar situaciones en las que lo mejor para todos es cerrar la boca, no hacer preguntas o no mencionar a ciertas personas o ciertos asuntos.

Ese aspecto de la prudencia, que tiene que ver con la conciencia de las repercusiones que pueden tener nuestras palabras en quienes las escuchan y de cómo éstos —a la corta o a la larga— van a reaccionar a ellas, es lo que, según creo, se ha ido erosionando con nuestra convivencia digital de las últimas décadas: vivimos en la era del “Se tenía que decir y se dijo” y de una suerte de libre expresión que parece consistir en el derecho a hablar irreflexivamente sobre cualquier asunto sin tener que asumir las consecuencias de nuestros dichos.
Porque sí: existe el derecho al libre discurso y a la expresión y es una cosa buena; pero el ejercicio de esta libre expresión inevitablemente tiene consecuencias y genera reacciones en los otros y las otras: ahí es donde, como decían los mayores, “en ti cabe la prudencia” y uno puede optar por tomar un momento para pensar antes de decir, de cuestionar, de opinar, de criticar.
“¿Es necesario decir lo que quiero decir?”, “¿va a ayudar, aportar o brindar una perspectiva distinta a quien lo escucha?”, “¿cómo va a sentirse tal persona al escuchar lo que digo?”, “¿cómo va a reaccionar a partir de esa emoción?” y “¿esto puede generar un conflicto o afectarme en el corto o largo plazos?”, son algunas de las cuestiones sobre las que podemos reflexionar antes de soltarnos desde nuestro ronco pecho, en la vida real y en las redes sociales.
Y si las nociones de la sana convivencia, de la consideración hacia los demás y de la felicidad a través de la virtud parecen elevadas, anticuadas o hasta cursis, tengo una razón más egoísta: que la prudencia se enfoca en lo que, en el largo plazo, es bueno para ti mismo. Así, quizá sea momentáneamente satisfactorio exhibir a tu supervisor inepto, darte un atracón todas las noches o jugar con los sentimientos de la gente, pero si a la larga vas a perder tu trabajo, a desarrollar diabetes y a quedarte solo como un perro, ¿realmente eso fue bueno para ti?



