Search

Memorias del autocinema

Memorias del autocinema
Rafael Pérez-Vázquez

Rafael Pérez-Vázquez

Relatos de la vida real

Hace unos meses, como era inevitable, accedí a ir al autocinema con nombre de animal que aúlla. Al llegar al lugar, filas y filas de autos de todos los tipos estaban antes que yo, así que tomé mi sitio y avancé pacientemente hasta que un joven me cobró la entrada y me permitió el acceso, señalándome con precisión dónde debía estacionarme para ver la película en cuestión: un blockbuster ochentero que muchos otros “chavorrucos”, como yo, anhelaban volver a ver en la pantalla grande. Metros más adelante, me fue entregada una bocina digital wireless, que llevaría el sonido de la película hasta el interior de mi coche.

La concurrencia era variopinta: jóvenes y otros no tanto, en ropas casuales y de moda, tenis de lona, pantalones skinny, patillas, piercings y tatuajes, mujeres muy bien vestidas, y todos muy ansiosos por fumar la mayor cantidad de cigarrillos posible antes de que empezara la proyección. A ambos lados de la pantalla había algunos food trucks que vendían snacks, una palabra fancy para designar a la comida rápida elaborada con esmero e ingredientes gourmet, y que por ello cuesta el doble o el triple de su precio acostumbrado. Cuando finalmente se apagaron las luces y el león de la MGM soltó su característico rugido —y mientras mis acompañantes sacaban del compartimiento secreto ciertos ingredientes para hacer la película más divertida—, yo, que soy un ser nostálgico por definición, no pude evitar visitar con mi memoria las escenas del pasado…

— o —

En su libro Cultura mainstream, el escritor y periodista francés Frédéric Martel apunta que el primer autocinema —o drive in, en inglés— se montó en la ciudad de Nueva Jersey en 1933. La idea era muy simple: acoplar un cine en un estacionamiento. Y una idea tan sencilla se convirtió en un éxito brutal: según Martel, para 1956 ya había más de cuatro mil autocinemas a lo largo y ancho de la Unión Americana, y éstos vendían más entradas que los cines convencionales. En plena época del rock & roll, los jóvenes estadounidenses acudían a los drive in por tres razones principales: 1) eran más baratos y muchas veces podían entrar hasta seis o siete personas con un solo boleto, 2) podían introducir comida o bebidas, en especial alcohólicas y 3) sin la presencia de los padres, podían besarse —o hacer más cosas— con sus novias dentro del coche. A pesar de que casi todos los autocinemas cerraron durante la década de los ochenta, hoy en día aún quedan algunos que son casi como museos o reliquias desvencijas y oxidadas, con los mismos anuncios de neón y las mismas cafeterías de antaño que recuerdan a esas películas de encopetados con vaselina y chicas de largas faldas.

En México, desde luego, también había autocinemas. Éstos eran herederos de las proyecciones de cine itinerante que llevaron la invención de los hermanos Lumière a todos los rincones del país. Aunque no existe mucha documentación al respecto, mis padres me contaron que los autocinemas mexicanos eran una imitación de sus homólogos estadounidenses, e hicieron furor a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Era típico de las parejas de entonces ir a “hacer novillos” en la penumbra del autocinema, y no dudo que muchos de mis contemporáneos hayan sido concebidos en el asiento posterior de un auto, mientras en la pantalla James Dean corría por enésima vez su carrera de autos o Charles Bronson golpeaba de nueva cuenta al mismo maleante de siempre.

Mis recuerdos del autocinema son gloriosos: a finales de los setenta, aunque las instalaciones del Autocinema Lindavista —al norte del extinto Distrito Federal— ya estaban en plena decadencia, la emoción era mayúscula cuando mamá nos anunciaba que papá vendría en la noche para llevarnos allí. Muy prestos y emocionados, mis hermanos y yo tomábamos un rollo de galletas Marías y un bote de cajeta envinada y elaborábamos pequeños emparedados dulces para botanear durante la proyección. Mi abuela, solícita como siempre, nos hacía quesadillas, sándwiches de jamón aplastados o tortitas para llevar. Las películas que se proyectaban casi siempre eran éxitos de taquilla de la década anterior —por ejemplo, esas cintas de persecuciones en autos con motores potentes, donde aparecían actores como Burt Reynolds o Steve McQueen—, o bien, filmes de la casa Disney. La proyección era pésima, el sonido —que provenía de una bocina instalada en las estructuras metálicas que separaban y protegían a los Malibús, los LTD, los Gremlins y los Atlantics que ahí se estacionaban para ver la proyección— era tan malo que teníamos que adivinar la mayor parte de la trama, y al cabo de la primera película —normalmente se daban funciones dobles, que acababan alrededor de la medianoche—, la incomodidad era terrible y nosotros, niños de casa que no estabámos acostumbrados a desvelarnos, terminábamos siempre cayendo dormidos antes del desenlace de la segunda función.

Pero, aun y con todas esas vicisitudes, mis recuerdos siguen siendo, como lo dije ya, gloriosos. Quizás el asunto tenga más que ver con el simple acto de estar confinado en un asiento trasero con mis dos hermanos de los que la vida me ha separado tanto, y con que en la parte frontal del coche estuviera mi padre, quien dejó la casa pocos años después, y mi madre, que Dios la tenga en su santa gloria y que lucía jovial en esas pocas, pero preciadas ocasiones…

—Hey, Rafael, ¿y ahora por qué lloras? Mejor fúmale, que si vinimos fue por ti…

Cierre artículo

Recibe noticias de este blog