Mentiras piadosas: una historia adolescente

Mentiras piadosas: una historia adolescente

Paola Iridee

Paola Iridee

Ficciones

Yo siempre había pensado que las mentiras eran para la gente cobarde, pero debido a la situación, mis sentimientos y nuestros quince años de edad, decidí dejar atrás mi prejuicio hacia ellas y hacer la prueba con una. Que luego fueron dos. Que luego fueron tres.

Mentí, sí. Pero fue porque tenía que hacerlo. Era eso o no atrevernos jamás. Ni él ni yo: la primera vez que por fin salimos solos, fue a escondidas, y justo el día en que tenía que irse. Tuvimos que recurrir a una mentira magistral cuidadosamente planeada. Si no fuimos nosotros los que lo planeamos, pareció haberse planeado solo, como si el universo se hubiese dispuesto a manifestar su bondad ante nosotros. O eso quisimos creer, tal vez para añadirle un poco de romanticismo.

Elegimos vernos en el metro, en donde sabíamos que nadie de nuestros conocidos por aquel entonces nos iba a encontrar y, después de eso, no supimos ni adónde ir, pero no importaba demasiado. Lo único que queríamos era estar juntos. Yo sondeaba el peligro y a él parecía no importarle mucho, porque a nadie le interesa lo que piensa la gente de un lugar en el que ya no se vivirá.

Nuestra historia era complicada, problemática e imposible, pero al fin era la nuestra y eso es lo que ha importado desde siempre. En un vagón del metro fue nuestro primer beso sin cuidado. Platicamos de cosas de las que no habíamos hablado nunca. En la calle nos besamos otra vez. Caminamos quién sabe por dónde, pero el lugar era lo de menos. Nos volvimos a besar. Decidimos darle rienda suelta a nuestros pasos, nos perdimos, reímos. Entrelazamos nuestras manos como si quisiéramos que no se terminara nunca, nos detuvimos en una esquina de una calle cualquiera y nos volvimos a besar. Cualquiera pudo habernos visto, pero con los minutos fue dejando de tener la importancia que tenía al principio.

Después de mucho andar sin rumbo, al fin logramos encontrar un lugar agradable, como si el destino bondadoso lo hubiera puesto ahí. Nos detuvimos y guardamos silencio un rato. Él parecía relajado y yo… la verdad es que ya habían pasado los besos suficientes como para empezar a ignorar un poco a mis paranoias.

—¿Crees que nos gustemos tanto porque lo nuestro es prohibido?

Al escuchar eso, una voz en mi mente susurró: “Yo también me pregunto eso”, y no era la primera vez que lo hacía. A consecuencia de mi silencio, repitió la pregunta con palabras distintas.

—La verdad es que no lo sé —le respondí—, a lo mejor sí.

Callamos.

—No creo que sea sólo por eso, no pueden haber pasado tantos años y que sea sólo eso… ¿o sí? —me dijo al fin.

Me miró con sus ojos de gato. “Pierdo rápido el interés, no siento que me llene nada, sólo tú”, quise decirle, pero no lo hice. En vez de eso, le pregunté si no se aburría de mí, siendo yo tan diferente a las chicas con las que solía salir.

—De hecho, creo que eso es lo que hace que me gustes, o al menos es una de las razones. ¿Y tú por qué no te aburres de mí, si dices que pierdes el interés tan rápido?

No lo sabía. Le confesé que me aburría también de los besos y que no soportaba dar más de cinco.

—A los seis ya son demasiados y no los deseo más… pero los tuyos no.

—¿Por qué los míos no?

—Tampoco lo sé… sólo sé que es así.

—Ah…

Sus ojos ámbar se volvieron a perder en la florecilla que crecía en la banqueta. Sentí deseos de matar el silencio que se había hecho, pero no era necesario.

—¿O sea que me estás diciendo que soy uno entre varios?

—Sí… uno entre más que varios. La verdad hasta podría considerar tomarte en serio. Y eso no lo hago muy seguido; espero que te tomes lo que te estoy diciendo con el peso que tiene.

Se empezó a reír.

—Qué curioso —me dijo, derritiéndome un poco con el hoyuelo de su sonrisa—, eso es lo más bonito que me has dicho. Eres rara, pero así te quiero—se giró hacia mí y nos dimos un beso lento.

Yo también lo quería a él.

Estábamos a punto de darnos el enésimo beso cuando sonó su celular. Me hizo una seña para que me quedara callada y lo puso en altavoz.

—¿Ya compraste tu boleto? Acuérdate que tienes que llegar hoy.

—Sí, ya lo tengo.

—¿Ya estás en el aeropuerto?

—No, yo…

—Pues deberías, entras mañana y es tu primer día. ¿A qué hora es tu vuelo?

—A las cinco y media.

—Pues apúrate, ¡ya son las cuatro! ¿Dónde estás? ¡Si no llegas hoy a apartar, te quedas sin cuarto y a ver en dónde duermes!

—No te preocupes, estoy en el camión. Ya voy para allá. Adiós.

Colgó. Por un momento, habíamos olvidado que debía irse. Yo sabía que todavía no tenía el boleto y que se iría en el último momento. Y también sabía que no estaba en el camión, camino al aeropuerto, a punto de irse, sino que estaba conmigo, queriendo quedarse. Compartimos una mirada cómplice y supimos que había llegado el momento. Nos dimos un beso seco. Supongo que quisimos ser fríos para que la despedida no se sintiera tanto.

—Adiós…

Tomó sus cosas y le hizo la parada al camión. Nuestras manos se deslizaron hasta desprenderse, se subió. “Te amo”, dibujaron sus labios. “Yo a ti”,dije. Me quedé mirándolo hasta que se fue. Nunca más volvimos a vernos.

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