Noche de insomnio

Noche de insomnio

Luis Fernando Escalona

Luis Fernando Escalona

Ficciones

—¿Por qué no quieres? ¿Te da miedo? —preguntó la voz chillona que me despertó. Le siguieron unas risas burlonas y unas pisadas que cruzaron por encima de mi tumba. “¿Es que tampoco de este lado me dejarán dormir?”, pensé.

—¡Tiene miedo, tiene miedo! —exclamaron los demás.

—¡No, no es cierto!

—Entonces, ¡ven!

“Así no se puede conciliar el sueño eterno. Me aseguraron que el descanso sería por siempre y mira nada más”, me dije, mientras escuchaba a los intrusos pisando con fuerza allá arriba.

—¡Tiene miedo!

—¡Ya déjenme!

—¡Uh, van a salir los muertos y te van a espantar!

—¡Ja, ja, ja! —coreaban los otros.

El que intentaba zafarse pataleaba.

“Pero, ¿por qué justamente arriba de mi cofre?”, pensé iracundo, recordando a los vecinos que tuve en vida, esos que organizaban fiestas los viernes y se ponían a bailar, haciendo retumbar el techo. Los invasores se alejaron, pero a lo lejos seguía oyendo sus risas y cuchicheos. Intenté dormir, pero ya no pude, lo cual no era nada nuevo para mí, al menos cuando me latía el pecho; pero, ¿ahora?

“Pues esto no se quedará así”, pensé, abriéndome paso a través de la madera y la tierra que me separaban del mundo. Emergí y me deslicé entre sepulcros y cruces. La luz de la Luna se derramaba sobre los árboles y aproveché la penumbra para flotar y que no me sintieran alrededor. Los observé y, poco a poco, fui acercándome.

Se trataba de un grupo de adolescentes. Uno de ellos pintaba de rojo las tumbas más lejanas del cementerio, mientras los otros reían.

—Bajen la voz —susurró uno de ellos.

—Sí, cállense; si no, Marco se va a asustar, ¿verdad?

—¡Uuuh! —exclamaron en coro.

—Ya, déjenme en paz.

—¡Ja, ja, ja!

“Conque ja, ja, ja”, pensé. Sigilosamente, me acerqué entre los árboles del fondo y me coloqué detrás de uno de los más burlones. Comencé a hacer muecas, a rozarle los brazos. Noté que se estremeció.

—Hace frío —dijo, aún con una sonrisa mordaz en su rostro.

Entonces le toqué el hombro y se giró con rapidez.

—¿Quién anda ahí? —preguntó sobresaltado.

—¿Qué te pasa? —intervino otro—. Ya estás como el Marquito.

Los demás rieron.

—¡Algo me tocó el hombro!

Me cubrí la boca para ahogar una carcajada. Enseguida, floté hacia donde estaba el chico que pintaba las tumbas y golpeé con fuerza los mausoleos y las cruces.

—¿Qué es eso?

Desconcertados, miraron en todas direcciones buscando algo más que el sonido. Y entonces grité con voz cavernosa y vi sus caras retorciéndose en gestos de espanto.

—¡Vámonos! —exclamó alguien.

Yo los perseguí sin dejar de hacer ruidos. No sé si me vieron o sólo me escucharon, pero ninguno de ellos volteó hacia atrás. Corrieron despavoridos hasta perderse en la oscuridad de la noche, sus voces se fueron apagando en la distancia.

Satisfecho, regresé a mi tumba y me recosté. Sabía que no podría volver a conciliar el sueño esa noche, pues siempre he tenido problemas de insomnio, pero al menos había logrado que el lugar se quedara en silencio otra vez.

“Para que no vuelvan a visitar el cementerio a deshoras, chamacos latosos”…

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