Foto: Kirk Willis

Mi abuela decía que las catarinas eran de buena suerte y que al verlas había que pedir un deseo. Aunque entonces no me lo cuestionaba, ahora pienso que la suerte es tan incontrolable como la ilusión que nos hace creer que en verdad dominamos las situaciones que, la mayoría de las veces, delimitan nuestras opciones de actuar. Los deseos sirven, por otro lado, para generarnos esa especie de posibilidad que sólo surge ante aquello que no ha sucedido; uno le exige al viento, por alguna creencia sin sostén y de antemano concebida, un capricho adherido a sus ganas impotentes.
Desde niña pido deseos a cada oportunidad: cuando hay luna llena, cuando sólo hay una estrella en el cielo —y si hay más detengo la mirada en la primera, obviando así la realidad—, cuando estreno alguna prenda, cuando encuentro una pestaña fuera del lugar que le corresponde o cuando la placa de un coche se compone de la repetición de un solo dígito. Con el transcurso de los años, esta costumbre tan pueril de querer apropiarme de las ilusiones no ha desparecido y tan sólo se ha transformado; ahora mis anhelos son más abstractos y suelen asemejarse unos a otros. Me pregunto entonces si con el tiempo vamos dejando de soñar con lo aparentemente inalcanzable o si, por el contrario, vamos acumulando aspiraciones y coleccionando éxitos.
Desde niña también tengo la sensación de que la suerte llega a mí en momentos inesperados y a pesar de la ausencia de catarinas: cuando tropiezo con una moneda en la calle, cuando la lluvia me despierta de madrugada, cuando el reloj marca una hora estratégica o el calendario, sin previo aviso, resucita eventos ya difuminados.
Algunos dicen que uno construye su propia suerte y otros creen que el éxito, en sus distintas presentaciones, es una cuestión de suerte. Uno puede, sin duda, propiciar los escenarios para avanzar sobre un terreno fortuito, pero los resultados siguen siendo indescifrables: la suerte es un factor desconocido al que, de una u otra manera, tendemos a aferrarnos para controlar la realidad.
Fascinada por su rareza roja de puntos negros, cada vez que una catarina se acercaba a mí, la tomaba y con la intención de apropiarme de la buena suerte que con ella venía le cortaba las alas. Con ello garantizaba su presencia hasta que un pensamiento nuevo llegara a mi mente y olvidara al bicho que ahora tendría que andar por tierra azarosa.
La buena suerte es la que añoramos cada vez que pedimos un deseo. La mala suerte es la que combatimos mediante el ejercicio de desear. La suerte a secas es una mera percepción y los deseos son los pequeñísimos mundos que habitamos para huir o complementar el presente.
Un día fui con mi abuela y el resto de mi familia a un bosque para hacer un picnic e, inexplicablemente, aparecieron cientos de catarinas a nuestro alrededor. Ignoro las condiciones en las que viven estos insectos, pero era invierno y se posaban sobre mis brazos y pelo, y volaban como ápices de viento. Eran tantas que mi necesidad de pedir deseos fue superada de inmediato por la estupefacción, y las tijeras impregnadas en mis manos fueron clausuradas por la belleza en la que me inmiscuía. Cuando recuerdo ese momento y revivo la felicidad de la niña que fui, me parece que se trató de un sueño —otra forma de moldear la verdad—, pero la imagen es tan nítida y la sensación tan viva, que se repite siempre igual en mi memoria.
Desde entonces no toco a las catarinas y cada vez que la suerte me incita a pedir un deseo, pido que ese día de invierno se repita.



