
Hay algo profundamente humano en nuestra capacidad de aferrarnos a prácticas, rituales y supersticiones que contradicen la razón y la lógica, pero sostienen nuestras esperanzas, sobre todo en los momentos más difíciles. Después de todo, somos máquinas de construir significado y nuestro cerebro no evolucionó para hallar la verdad absoluta, sino para sobrevivir y darle sentido a la incertidumbre; por eso, a veces ayuda creer en que Venus retrógrado influyó para que alguien te dejara en visto, en que encender una vela favorece una decisión importante o en que cierto objeto te traerá buena suerte.
Pero, aunque esas creencias son totalmente irracionales, la ciencia ha encontrado algo interesante: algunas sí producen efectos positivos sobre nuestra salud mental. No porque sean objetivamente ciertas, sino porque ofrecen consuelo, orden y una sensación de control en medio del caos; y, para el cerebro, esa diferencia muchas veces resulta irrelevante. Veamos algunos ejemplos.
El bendito efecto placebo
Dice un refrán que “el que cree en el remedio, ya tiene medio cuerpo sano”. Así, cuando una cataplasma de sávila o la pócima de tu abuelita te curan —aunque no deberían—, esto se debe al efecto placebo. La explicación científica es que al creer que algo funcionará, tu cerebro activa mecanismos fisiológicos reales como la liberación de endorfinas, la reducción del cortisol o un aumento de la respuesta inmune, de modo que la curación realmente tiene lugar.
Desde luego, no hablamos de sanaciones mágicas o psíquicas, aunque sí existen casos de curación que escapan a toda explicación médica; más bien sucede que nuestra mente no distingue entre “esto me cura porque tiene un principio activo” y “me cura porque yo creo que funciona”, siempre y cuando la creencia sea lo suficientemente firme.

Háblale a tus plantas
Si oímos a alguien hablándole por su nombre a una orquídea o cantándole a sus suculentas mientras las riega, podríamos pensar que está chiflado o que sufre de una inmensa soledad; pero aunque las plantas no responden —o, al menos, no las oímos—, algo positivo le sucede a quien les habla. Verbalizar pensamientos en voz alta tiene efectos comprobados en la regulación emocional: exterioriza el monólogo interno, lo hace más manejable y reduce la rumiación mental.
Algo parecido a la “cura por el habla” de una terapia psicológica, pero mucho más barato… y, además, las plantas no ahondan en tu pasado ni preguntan cómo te llevabas con tu padrastro. En un contexto de soledad —que, según cifras de la OMS, afecta a más del 25% de los adultos a nivel global—, tener un interlocutor que no juzga, no interrumpe y no exige explicaciones del contexto tiene un valor emocional real.

Rituales y supersticiones
¿Alguna vez has usado “tu pulsera de la suerte” antes de un examen o le has rezado al Cristo que siempre te ayuda cuando le pides algo? Aunque no tengan conexión lógica con el resultado, estos rituales previos a un evento funcionan como mecanismos de regulación de la ansiedad creando una sensación de control en situaciones donde tu capacidad de acción real es limitada.
Ese listón rojo que combate el “mal de ojo”, la veladora de cierto color para atraer la suerte o el ramo de ruda en la puerta del negocio no son meras supersticiones, sino sistemas de gestión de la incertidumbre con siglos de refinamiento cultural que crean comunidad. Más que ignorancia, es una tecnología psicológica heredada.

Vínculos que ni la muerte rompe
Esta puede ser la creencia más inconveniente para la razón y la que más consuela al corazón, pues en muchas culturas del mundo la muerte no representa una ruptura definitiva del vínculo afectivo: hablar con los muertos, ponerles flores o ponerlos al tanto de nuestra vida no es delirio, negación ni un signo de locura, sino una práctica psicológicamente documentada como parte del duelo sano.
Por eso es que millones de mexicanos celebramos una expresión tan visible y hermosa como el Día de Muertos, que es una práctica activa de memoria que nos vincula con nuestro seres queridos ya fallecidos. Lo que la psicología occidental tardó siglos en validar, la cultura popular mexicana lo lleva practicando desde hace generaciones con flores de cempasúchil.

La astrología y el karma
En pleno siglo XXI, muchas personas siguen creyendo que los nacidos bajo el signo de Cáncer son hogareños e hipersensibles, que los hombres Leo son egocéntricos y que las mujeres Virgo son obsesivas del control y el orden. Y no es que un planeta o las estrellas tengan una influencia real en tu personalidad, sino que al creer en tu signo zodiacal te creas una sensación de ser visto y comprendido, creando pertenencia a cierto grupo. Y eso siempre es reconfortante.
En cuanto al karma, este es un concepto muy complejo presente en el budismo y el hinduismo, que a menudo es malinterpretado en occidente. Sin embargo, se han documentado efectos psicológicos positivos cuando voluntariamente adoptas una conducta que busca beneficiar o no dañar a otras personas. Y no se trata de obtener “recompensas” por hacer buenas acciones, sino de un un sistema interno de valores que regula nuestras decisiones y actúa a través de una relación causa-efecto: si te la pasas abusando de quienes te encuentras a tu paso, es más probable que te vaya mal en la vida y, a la larga, termines siendo infeliz.

En conclusión, la psicología y la neurociencia demuestran que creemos en rituales irracionales, no porque sean verdaderos, sino porque nos ayudan… o, al menos, no nos hacen daño —a menos, claro está, que intentes sustituir un tratamiento oncológico con limpias o remedios de herbolaria—. Tus plantas no conversan contigo, el universo no hace tanto caso como quisieras y, sin embargo, seguimos funcionando y conectando con el mundo. Entonces, si algo te funciona, quizás es porque estás haciendo algo bien. Al final, somos humanos y la razón es solo una de las tantas herramientas que usamos para lidiar con la realidad…



