¿Cómo se hacen las vacunas? —y por qué toma tanto tiempo obtenerlas—

¿Cómo se hacen las vacunas? —y por qué toma tanto tiempo obtenerlas—

Nayeli Falcón Robles

Nayeli Falcón Robles

Miscelánea

En estos días, debido a la emergencia sanitaria por la que atraviesa el planeta por el coronavirus, una pregunta es recurrente: ¿cuánto tiempo toma hacer una vacuna? Y es que el proceso de producción no es tan sencillo como algunos piensan, ya que son productos diseñados para proteger la salud de millones y por ello deben cumplir con altos estándares de calidad y seguridad.

Su producción implica varias fases: investigación, estudios clínicos, obtención de permisos de autoridades, fabricación y distribución a la población. Cada una de ellas es lenta y compleja; por eso el proceso completo requiere, en condiciones normales, de diez a quince años, y en casos de emergencia como durante una pandemia, se trabaja contra reloj. Pero, antes de entender el proceso, es necesario saber qué son y cómo funcionan las vacunas.

¿Qué es una vacuna?

Una vacuna es un producto biológico compuesto por microorganismos inactivados, atenuados o fragmentados que se aplica a humanos y animales para prevenir enfermedades infecciosas, recreando en sus cuerpos la enfermedad, pero sin producirla. Así se estimula al sistema inmune a desarrollar defensas que actuarán cuando se contacte al patógeno real —virus, bacteria o parásito.

En otras palabras, una vacuna actúa como el impostor de un patógeno. Por ello hay que conocer al “enemigo” a profundidad: características y componentes —proteínas, carbohidratos, lípidos y genes—, y los mecanismos que emplea para causar una enfermedad. De todo ello depende el éxito de una vacuna.

Ahora sí, el proceso…

El primer paso es la generación de un antígeno, que es todo agente que, al ingresar a nuestro organismo, propicia que éste se proteja: una vez que un antígeno está en nuestro cuerpo, éste responde formando anticuerpos que, la próxima vez que sea invadido por el mismo antígeno, lo defenderán del intruso. Los antígenos, entonces, engañan al cuerpo para que crea que está siendo atacado.

Estos antígenos se generan a partir del virus o bacterias modificados, y se atenúa su efecto para que no hagan daño. Después se cultivan en medios especiales de laboratorio —cultivos celulares, huevos, biorreactores—; este proceso puede tardar unas tres semanas, más otras dos o tres semanas en las que se realizan pruebas que corroboran que se está logrando el efecto deseado.

El segundo paso es extraer el antígeno de las células que se usaron para crearlo, lo más limpio posible y libre de otras partículas. Después, se puede añadir un adyuvante que mejora la respuesta inmunológica, preservadores que alargan la vida en anaquel de la vacuna y estabilizadores, que evitan que se contamine.

El segundo paso es extraer el antígeno de las células que se usaron para crearlo...

Todos estos elementos se mezclan en un solo recipiente y el compuesto se coloca en frascos, ampolletas o jeringas estériles, debidamente selladas. Enseguida, hay que desarrollar ensayos que evalúen su eficacia. Cada nueva vacuna debe someterse a pruebas y esto implica tiempo valioso en situaciones como la actual.

De entrada, como prueba piloto, se revisa su acción a pequeña escala en animales, se verifican efectos adversos y que su efectividad perdure. Si se supera la prueba, se evalúa la eficacia en humanos: ensayos clínicos en un pequeño grupo y, después, en otros más amplios para probar dosis y pautas adecuadas.

Si todos estos pasos son exitosos, el paso siguiente es cumplir con los requisitos legales para su distribución. La aprobación reglamentaria es imprescindible antes de que una vacuna salga al mercado, se distribuya y se empiece a utilizar.

Conclusión

Como verás, la fabricación de una vacuna es un proceso largo y complejo. Quizá ahora entiendas por qué los miles de científicos, investigadores y laboratorios que trabajan en nuestra salud están tardando tanto en producir una vacuna contra un virus que se elimina con agua y jabón.

En una emergencia sanitaria como la que vivimos, es muy probable que estos pasos se aceleren, pero no tanto como nos gustaría: la rapidez implica riesgo de errores, infectividad o efectos adversos. Además, son necesarias grandes inversiones monetarias para financiar la investigación, el análisis, los insumos y la distribución, sobre todo teniendo en cuenta las millones de dosis que se necesitan.

Finalmente, es importante mencionar que una vacuna no es la cura, sino un modo de evitar que personas sanas se contagien de alguna enfermedad.

Desde su descubrimiento, las vacunas han sido una de las medidas de prevención que más beneficios han aportado a la humanidad: enfermedades que antes eran epidémicas y mortales, ahora están erradicadas o controladas; sin vacunas —o si la gente se rehúsa a ponérselas—, éstas reaparecerán tarde o temprano.

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