
Mi última relación amorosa me dejó una marca intangible de recuerdos, experiencias y lecciones. De ella aprendí más de mí misma que en cualquier etapa de soledad; fue como tomar un máster sobre vínculos, la importancia de la reciprocidad, de saberse querida y la necesidad de establecer límites. Sí, me dejó vivencias de todo tipo: desde aprender a vivir juntas hasta el silencio incómodo que precede a una ruptura inevitable, pasando por viajes en carretera y el descubrimiento de nuevos lugares.
Pero, entre risas, llantos y aprendizajes, también me dejó bonitos hallazgos musicales que me han acompañado durante este tiempo de duelo. Uno de los más importantes fue la música de Morat. Este grupo colombiano tiene, al menos, una canción para cada estado de ánimo: desde la euforia del enamoramiento con “Aprender a quererte” (2016) hasta la melancolía de un corazón roto con “Enamórate de alguien más” (2019). Sus letras son puentes que expresan, con una exactitud genuina, lo que toda persona ha llegado a sentir en algún momento.
Esto me llevó a darme cuenta de que, por cada vínculo afectivo que he forjado, la música de ciertos artistas ha fortalecido esas relaciones e, incluso, ha permanecido en mis intereses mucho después de que dichas personas salieran de mi círculo social. En ese sentido, la música es un catalizador que ayuda a desarrollar vínculos afectivos fuertes, pues crea conexiones invisibles entre las personas, estén o no presentes en nuestras vidas.

Un vínculo afectivo puede estar influenciado por la música compartida, por las experiencias que surgen a partir de ella y por los lazos que se forman. Cada gusto musical común es un punto de encuentro; una afirmación de dos almas que vibran en la misma frecuencia. Las personas construyen parte de su identidad colectiva a través de los acordes y letras que deciden hacer suyos. Así, una simple canción puede convertirse en el himno no oficial de una amistad, de un amor o de una familia.
La música permanece como testigo de las relaciones que forjamos a lo largo de la vida. El primer contacto suele llegar de los abuelos, que nos comparten canciones que se convierten en legado. Desde boleros hasta baladas clásicas, estas melodías son la primera herencia, incluso antes de desarrollar un gusto propio.
Cada vez que escucho los primeros versos de “Nuestro juramento”, de Julio Jaramillo (1966), me transporto al patio de la casa de mi abuela, a las visitas de los domingos. Escuchar canciones como esa es abrir una cápsula del tiempo hacia la juventud de nuestros abuelos, llena de historias de amor. La música familiar es el ancla de muchas memorias infantiles; incluso alguien que no recuerde el nombre de un artista puede revivir la paz que le producía aquella vieja canción en la voz de su abuelo. La música de nuestros mayores es el eco permanente de su amor.
Más tarde, nuestros padres se encargan de nutrir el soundtrack de la infancia y la pubertad. El rock de los 80, las baladas pop de los 90 o la salsa de los 2000 que sonaba en las fiestas familiares se filtran en nuestro inconsciente. Estos géneros suelen asociarse con el hogar y el amor fraternal, convirtiéndose en un refugio auditivo al que siempre se puede volver.

Me reconozco entre quienes creen que la música de sus padres es el fundamento sobre el que construyeron su propia identidad musical. El rock de Los Fabulosos Cadillacs, el pop de Marisela o las salsas de Eddie Santiago representan un punto de partida en mi viaje personal hacia la música aprendida. Aunque los gustos evolucionan, hay artistas, canciones y géneros que siempre evocarán pertenencia y raíces familiares.
Si tuviera que resumir la adolescencia en una palabra, sería autodescubrimiento. Aunque es un proceso individual, suele transitarse junto a los amigos. En esta etapa, las recomendaciones musicales se convierten en moneda de cambio y en prueba de compatibilidad.
Compartir los primeros gustos propios —ya sea prestando audífonos en el patio de la escuela o mostrando la portada de un álbum— es un acto de intimidad. Los amigos nos invitan a salir de la zona de confort creada por nuestros padres, acercándonos a géneros y artistas que definen nuestra rebeldía. Un concierto, un festival o una tarde escuchando Spotify en la habitación de alguien puede sellar amistades para siempre. Esas canciones se convierten en la banda sonora de nuestras primeras grandes aventuras.
Con el tiempo, las amistades maduran y el intercambio musical se vuelve más selectivo. Un amigo cercano sabe qué canción enviarnos para levantarnos el ánimo o acompañar un momento de reflexión. Este acto de compartir se transforma en una forma de cuidado.
Por ejemplo, cada vez que creamos una fusión de Spotify con un amigo —una lista colaborativa que combina las canciones que ambos escuchamos con más frecuencia—, esa playlist se convierte en un diario de la amistad, actualizándose día a día. Las canciones regaladas se integran a nuestro repertorio personal y nos recuerdan el valor de esa conexión.

En el amor, la música es el lenguaje secreto de las parejas: desde la canción de la primera cita, pasando por el álbum que acompañó un viaje inolvidable, hasta la primera canción dedicada. Cada pieza encierra un significado emocional. Las parejas construyen un universo sonoro propio, dedicándose canciones como promesas de un amor que pretenden durar más de tres minutos. Incluso si el amor cambia o termina, hay canciones que permanecen como memoria de lo que fue.
Cada persona que pasa por nuestra vida y nos comparte una canción nos regala un acto de generosidad que enriquece nuestro mundo interior. Nos apropiamos de melodías y letras que se integran a nuestra historia personal. Una canción descubierta gracias a alguien se convierte en un souvenir emocional que nos recuerda la calidez de nuestra existencia.
Nuestro mapa musical está lleno de canciones prestadas que marcan los puntos más importantes de nuestras vidas y de las de quienes nos acompañaron. Así como coleccionamos canciones, coleccionamos personas. Y aunque un vínculo afectivo se termine, la música que compartimos no desaparece: se transforma.
Puede doler, al inicio, escuchar que para dejar de amar a alguien es necesario que esa persona se enamore de otra. Pero al final, siempre tendremos el tiempo y la música para volver a aprender a querer.



