La pandemia y el internet, ¿están matando al libro impreso?

La pandemia y el internet, ¿están matando al libro impreso?

Francisco Masse

Francisco Masse

Miscelánea

Si eres un poco como yo, cosa que asumo dado que estás leyendo estas letras, seguramente consumes contenido literario en internet —entendiendo por ello no sólo cuentos, novelas y poesía, sino también notas periodísticas, artículos de investigación o de opinión, ensayos y cualquier otro medio de expresión escrita—; y es muy probable que, debido a la pandemia y al confinamiento que trajo consigo, tus hábitos de lectura hayan cambiado.

La asociación de editores Global English Editing publicó, en noviembre de 2020, una extensa infografía con datos estadísticos sobre hábitos de lectura en todo el mundo. Además de enterarnos de que el país que más horas por persona en promedio pasa leyendo es la India, es posible ver que el libro impreso aún domina el panorama editorial con poco más del 70% del mercado.

Otros datos que llaman la atención son que Suecia es el país que más noticias consume, pues un ochenta y cinco por ciento de su población las lee al menos una vez al día; que la industria editorial china publica un abrumador total de 440 mil libros al año; y que debido a la pandemia el 35% de los internautas ha leído más y el 14% afirma haber leído “significativamente más”.

Otra consecuencia indirecta de la pandemia ha sido la caída en ventas de los libros físicos: en Francia, por ejemplo, las ventas del libro impreso han descendido espectacularmente en un 57%; pero, en contraste, un 25% de los adultos franceses ha comprado un libro en línea desde que inició el confinamiento.

Café y lectura

Hasta aquí, nada que nos sorprenda demasiado. Pero otro fenómeno que ha venido gestándose desde la proliferación del acceso a internet, y que se ha incrementado sustancialmente por la pandemia, es la modificación de los hábitos de lectura, pasando de una lectura continua y dedicada de libros a una lectura fragmentada y discontinua de textos sueltos.

Esto, desde luego, afecta nuestra capacidad de atención y concentración, como lo demostró un estudio dirigido por la doctora Elena-Iulia Varga de la Universidad de Medicina, Farmacia, Ciencias y Tecnología de Târgu Mures (Rumania), que se enfocó en el impacto que tiene en el comportamiento el consumo frecuente de internet. De entre sus conclusiones, una es obvia: las tecnologías digitales reducen las capacidades de lectura y comprensión, al tiempo que fomentan la distracción y la falta de atención generalizada.

Así las cosas, varias son las voces —desde autores y editores hasta especialistas en salud— que desde hace años han advertido sobre los peligros que el internet y todo su potencial adictivo tienen en nuestro cerebro; y refiriéndose a la lectura y a la industria del libro, varias de ellas afirman que las tecnologías digitales “están matando” al libro impreso, a las librerías y hasta a las editoriales. Y aunque resulta insensato refutar esta afirmación, pues los datos que acabo de citar le dan cierto soporte, un artículo en el diario Daily Sabah ofrece otra perspectiva.

El autor expone primero lo que ha sucedido con el consumo de música grabada: pasamos de los pesados vinilos a las cintas magnéticas, de ahí a los compact-disc, después el MP3 revolucionó el consumo musical, y hoy en día plataformas de streaming como Spotify nos permiten escuchar lo que queramos cuando queramos y sin siquiera necesitar un medio de almacenamiento.

Algo similar está sucediendo con nuestros hábitos de lectura: “Ya no tenemos que tener un libro físico para acceder al contenido. Existe una gran variedad de formas de leer libros, artículos y cualquier otro tipo de material escrito. También tenemos pantallas que nos permiten interactuar con el contenido, lectores de libros electrónicos, […] tabletas y teléfonos inteligentes”.

Leer cualquier tipo de material escrito

Así pues, quienes auguran la muerte del libro impreso y con ella dan por sentado que la humanidad caerá en una era de analfabetismo, quizá estén perdiendo de vista que hay gente —como yo, he de decir— que durante toda la pandemia no ha comprado un nuevo libro ni ha leído una novela, pero ha consumido un número total de páginas en artículos, estudios, notas periodísticas y publicaciones digitales, que equivaldría a haber leído al menos un libro al mes.

¿Esto es bueno o malo, perjudicial o benéfico? No lo sabemos. Lo que es cierto es que habrá que seguir con atención esta “spotificación” de la lectura, que no es sino el reflejo de una audiencia cada día más habituada a elegir qué escuchar, qué leer, qué ver y qué comprar, no en un estante, una cartelera o un aparador, sino en un menú digital que consulta en una pantalla electrónica desde la comodidad de un café, un parque, su cama o su escritorio…

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