Organillos y organilleros en México —el origen de un sonido que persiste—

Organillos y organilleros en México —el origen de un sonido que persiste—

Julio Manzanares Brecht

Julio Manzanares Brecht

Miscelánea

Como música de fondo en nuestros paseos por la Ciudad de México, casi siempre hay un organillo resonando. Sus notas sobrevuelan y sonorizan la mayoría de las plazas públicas de nuestro país. Las ciudades se ven, se sienten, se olfatean y se escuchan. Los organilleros, entonces, son los artífices de la banda sonora de los centros históricos de México y de nuestras andanzas en ellos.

Por eso es de notar que, así como la modernidad avasalla espacios naturales y especies animales, también silencia sonidos que emanan de la garganta histórica y cultural de nuestro país: el del afilador de cuchillos, el merenguero, el camotero, el globero y el pajarero, han sido declarados sonidos en peligro de extinción por la Fonoteca Nacional. Y el que emana de los organillos es otro patrimonio sonoro que está en riesgo de desaparecer: por ello conocer su historia es relevante.

Los organillos son instrumentos musicales europeos que llegaron a México durante el Porfiriato, principalmente de Alemania. La primera casa musical en nuestro país, Wagner & Levien —dedicada primero a fabricar y reparar pianos, y luego a vender todo tipo de instrumentos— fue la que los importó en 1884.

Otra historia cuenta que un barco llegó a México para hacerle a Porfirio Díaz un regalo de parte del gobierno alemán: veinte cajas de música Harmonipan conocidas como “cilindros” y, más tarde, como “organillos”. La sociedad porfiriana, obsesionada con europeizar nuestro país, se embelesó con los valses y las melodías del viejo continente, único repertorio de los organillos en ese momento.

Al principio, los organilleros se acompañaban de los famosos “monitos cilindreros”

En principio, esa música sólo acariciaba los oídos burgueses durante sus exclusivas recepciones. Al ponerse a la venta dichos instrumentos, se abrió la posibilidad de difundir su sonido y de lucrar con él. Los primeros en comprarlos y utilizarlos fueron las empresas, circos y ferias, queasí popularizaron su sonido.

Se sabe que, al principio, los organilleros se acompañaban de los famosos “monitos cilindreros”, que eran vestidos de cirqueros y entrenados para recibir los donativos —y, se rumoraba, también para robar carteras. Actualmente algunos se acompañan de un mono de peluche que evoca aquellos tiempos.

Los dueños de la casa Wagner y Levien fueron una de las primeras familias que adquirieron organillos para rentarlos a quienes quisieran ganar unos centavos tocándolos. Fue así que los valses emanados de esos instrumentos comenzaron a escucharse en plazas, parques y afuera de las iglesias en todo el país.

Quienes los ejecutaban, además de una que otra moneda, recibían peticiones para llevar serenata a cumpleañeros o amores pretendidos en un tiempo cuando no había tríos ni mariachi. Para entonces, ser organillero o cilindrero ya se había convertido en un oficio popular y apreciable. De un momento a otro, el sonido del organillo escapó de las casas porfirianas para vagar por las calles y acariciar, también, los oídos del pueblo que estaba a punto de iniciar una revolución.

Dicho instrumento no se convirtió en uno de los cadáveres que la Revolución dejó en el camino de un país en renovación, sino en un objeto porfiriano que pasó por una revaloración social y una reinterpretación histórica. Además de las balas y mentadas, este instrumento fue el sonido de fondo de innumerables batallas revolucionarias y amenizó las celebraciones de Pancho Villa y sus tropas.

El organillo se fue a “la bola” y uno de sus ejecutantes, que acompañó a Villa en sus campañas, pasó a la historia girando la manivela del cilindro, vestido de pantalón, cazadora y quepí color beige. Para evocar ese hecho, los actuales organilleros utilizan ese uniforme, mismo que recuerda a los Dorados de Villa.

El organillo se fue a "la bola" y acompañó a Villa en sus campañas

Fue así que, en posesión de particulares, al cuidado de sus orgullosos ejecutantes y en manos de expertos que los reparaban, los organillos se conservaron aun después de que Alemania dejara de fabricarlos como tradicionalmente lo hacía.

Los organillos, cuyo sistema es similar al de las cajitas de música, están hechos principalmente de madera con algunas piezas de metal y contienen un sistema de rodillos o cilindros —de ahí su nombre original— que funcionan al hacer girar una manivela. En un rodillo de metal están grabadas las canciones —sólo caben ocho— y, al girar, se activa un mecanismo que hace viajar el sonido por conductos flexibles hacia las flautas: así llega a nosotros el melodioso sonido del organillo.

Con el tiempo, el repertorio de valses alemanes se amplió gracias a Gilberto Lázaro Gaona, director de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato, quien estudió los organillos y aprendió a grabar piezas sinfónicas, boleros, polkas y corridos en sus rodillos. A últimas fechas, el repertorio se extiende a cumbias y rock; podemos escuchar “La barca de oro”, “Las mañanitas”, “La cucaracha” e, incluso, canciones de Juan Gabriel o de los Beatles.

Hoy en día, algunos coleccionistas atesoran organillos por su valor histórico y porque los que llegaron a México desde Alemania a finales del siglo XIX están desapareciendo. Al rentarlos o hacerlos sonar, algunas personas han encontrado en los organillos un modo de subsistencia por generaciones: el “burrito” es quien carga y toca el instrumento que pesa de cuarenta a setenta kilos, y el “limosnero” es quien recoge la cooperación, a veces insuficiente para cubrir la renta que va de ochenta a doscientos cincuenta pesos diarios.

Esta actividad es un pesado empleo de tiempo completo que cada vez se valora menos. El oficio y el sonido de los organillos están en peligro de extinción, por eso algunas organizaciones reúnen a los trabajadores de este rubro, buscando apoyarlos y difundir la importancia de su labor.

Aunque los meses de la cuarentena resultaron críticos, la manivela no dejó de girar: aun en las ciudades semidesiertas el organillo se escuchó en varias plazas y no dejó de aportar sus sonidos a nuestra identidad cultural. Cuando regresemos a las calles, escucharemos el organillo y veremos a los organilleros que no permitieron que reinara el silencio. Sabremos entonces que la ciudad estaba ahí, esperando.

“El organillero”, Agustín Lara

El organillo es parte de la cultura popular mexicana y está presente en películas, fotografías, textos y canciones. Esta canción de Agustín Lara, afamada por el canto de Pedro Vargas y Javier Solís, tiene una letra memorable: “Ya se va el organillero nadie sabe dónde va / dónde guarda su canción / Pobrecito organillero, si el manubrio se cansó / dale vuelta al corazón”.

Si te gustó este artículo, podría interesarte…

Breve guía para detectar mentiras en la vida diaria

Breve guía para detectar mentiras en la vida diaria

Es muy conocida la historia de Pinocho, el niño de madera que parecía tener un polígrafo integrado, pues su nariz crecía cada vez que…
Caricaturas censuradas o “¡Niño! ¿por qué estás viendo eso?”

Caricaturas censuradas o “¡Niño! ¿por qué estás viendo eso?”

Nos ocurrió a todos cuando niños, y seguramente les ocurrirá a las generaciones posteriores: nos sentamos a ver un dibujo animado —antes…