
En el habla popular del español de México, la palabra neta tiene implicaciones diversas: desde expresar incredulidad y asombro —¿neta?—, hasta describir una forma de verdad categórica e indiscutible que conocemos como “la neta”. Así, cuando uno llega a cierta edad es natural que “te caigan varios veintes” —usando otra expresión popular— y llegues a conclusiones definitivas sobre temas trascendentes que llevabas décadas rumiando.
A estas verdades que derivan más de la experiencia que del conocimiento o del análisis intelectual profundo les llamo “netas de la vida”; y, como en los días previos al cumpleaños uno se pone reflexivo y filosófico, en este texto te compartiré cinco de estas perlas de sabiduría que me ha tomado poco más de medio siglo formular, entender y asumir. Ojalá alguna de ellas te resulte útil si estás pasando por una crisis, un duelo o por un periodo de introspección:
Ninguna pareja va a hacerte feliz
Suena tajante, drástico y hasta pesimista, ¿no es así?; pero, si lo analizas, te darás cuenta de que no lo es. Sucede que, en general, uno busca el amor de una pareja para compensar las carencias emocionales que sufrió en el pasado: un papá que se fue, una mamá estricta, no ser el hijo favorito o cualquier otro entorno que nos haya hecho sentir devaluados o desplazados. Así, llegamos a una relación con la expectativa de que ahora sí vamos a ser felices. Pero sucede que la otra parte espera lo mismo: que tú proveas la felicidad que le hace falta; entonces, la relación se convierte en un diálogo entre deudores que tratan de cobrarle al otro los pagarés emocionales que traen en las bolsas.

Y lo cierto es que nadie tiene la capacidad de hacerte feliz si tú mismo no has aprendido a procurar tu dicha, bienestar y realización desde lo personal. Entonces, deja de buscar la valoración de otros y de confiar en que eso es la felicidad; en cambio, aprende a estar en paz contigo y a hacer lo que te hace genuinamente feliz, y lo demás llegará por añadidura. Recuerda la frase de Oscar Wilde: “Amarse a uno mismo es el principio de un romance que dura toda la vida”.
Da sin esperar nada a cambio
Una de las fuentes más frecuentes de frustración en la vida, creo, es la sensación de sentirse defraudado o decepcionado por alguien que “pagó mal” nuestros favores, atenciones, gentilezas, regalos o buenos tratos. “Ni las gracias me dio”, le compartimos durante el café a la amiga que estoicamente escucha nuestros problemas existenciales. Pero la solución a este conflicto es muy simple: dar sin esperar nada a cambio; o, en otras palabras, si vas a dar algo con la esperanza de que esa persona en lo sucesivo te mire con agradecimiento o que a la vuelta de la esquina te devuelva el favor, mejor no des nada… porque seguramente te llevarás un chasco.
Y ni siquiera es que la gente sea malagradecida o egoísta: la realidad es que casi siempre estamos inmersos en nosotros mismos. Así, lo más sano y sabio es practicar la generosidad por el puro placer de dar, sin expectativas en el futuro. Así disfrutarás más el acto y te librarás de muchas rabietas innecesarias.
Acepta a tus padres, como hayan sido
Lo admito: muchas de mis terapias estuvieron enfocadas en mis padres, por las decisiones que tomaron con sus vidas y por los “daños colaterales” que éstas causaron en la mía. Y es que cuando se es joven, a menudo esperamos que se comporten sabia y amorosamente o, al menos, “como adultos”; pero cuando alcanzas y rebasas la edad que ellos tenían cuando cometieron esos errores que con tanto encono les achacas, te das cuenta de que tus imperfecciones y debilidades son muy similares a las de ellos; así, entiendes las emociones que estaban en juego cuando se fueron, te gritaron, te prohibieron o te maltrataron.
Sin duda, hay heridas muy profundas que deben sanarse con un especialista; pero creo que la mayoría de nosotros puede abonar al proceso si hacemos ese examen de conciencia y, como los sacerdotes católicos, otorgamos un perdón que proviene no de la superioridad moral, sino del entendimiento de nuestras flaquezas y de la naturaleza humana.
El dinero es un medio, no un fin
Como decía Woody Allen: por simples razones económicas, sin duda es mejor ser rico que vivir en la miseria. Pero si lo meditamos, nos daremos cuenta de que deseamos el dinero no para contemplar un montón de billetes acumulados debajo de nuestro colchón, sino para hacer con él lo que nos plazca: adquirir víveres, bienes y propiedades; pagar servicios, viajar a cualquier parte del mundo, dar fiestas pantagruélicas que duren una semana, abrir un albergue para gatos con leucemia o intoxicarnos hasta la muerte. Entonces, vemos que en realidad lo que buscamos es seguridad, poder, reconocimiento, experiencias y estados placenteros para nuestra mente que muchas veces compartimos con otros.

El asunto es que con frecuencia esta búsqueda se vuelve obsesiva, pues se piensa que el dinero es la solución a todos los problemas y la garantía de la felicidad. No hay problema alguno con buscar la generación de riqueza, pero creo que siempre debemos tener en mente dos cosas: que tus finanzas no señalan tu valor ni te definen como persona, y que no se necesita tanto dinero para disfrutar de muchas de las mejores cosas de la vida.
Estar solo no es una desgracia
Hace poco apareció en Bicaalú un artículo sobre las ventajas de la soledad y quiero aportar al tema. Como dije al principio, cuando hablé de las parejas, creo que dos signos de madurez son aprender a estar en paz contigo mismo y a hacer aquello que te brinda auténtica felicidad. Y creo que para alcanzarlos es necesario transitar por periodos de soledad elegida; es decir, cuando uno decide pasar un tiempo sin pareja, sin demasiadas fiestas y sin una camarilla —o familia— que nos acompañe a todos lados.

Desde luego que el amor, las relaciones familiares y un entorno de amistades son tres bendiciones que hay que agradecer; pero esto no quiere decir que estar solo sea algo malo que debe evitarse. Por el contrario: a menudo para conocernos en verdad y saber qué es lo que nos gusta y lo que buscamos de la vida, debemos silenciar las voces del exterior y escuchar la propia. Así, te recomiendo hacer un viaje a solas para que, con el frescor de otros aires y sin tener que agradar o impresionar a nadie, entables amistad con la única persona que estará contigo en las buenas, en las malas y hasta la tumba: tú mismo.



